Los autitos sin ruedas.

Luis Elissamburu

Poeta fiel al portal
Durante toda mi infancia no recuerdo haber sido muy solidario. El egoísmo era mi tarjeta de presentación. Mis adorados juguetes eran tierra prohibida para todo mortal y solía esconderlos para no compartirlos.
Pero siempre hay excepciones. Mi tía abuela, usando todos los ascendentes que tenía sobre mí, me contaba una y otra vez la triste historia de un chico de mi misma edad, pariente lejano, muy pero muy pobre, al cual sus primos ricos le regalaban los juguetes que descartaban, siempre rotos y para peor, montones de autitos sin sus ruedas. Nunca supe por qué, en esa parte del relato, una angustia poderosa y anormal se apoderaba de mis entrañas. Pasaba días enteros enojado contra esos zátrapas desconocidos y hasta me costaba dormir.
Al principio, comencé a elegir los autitos mas viejos o menos lindos pero en buen estado y se los mandaba con algo de pena. Con el tiempo, guiado por esa voz interior que me cuesta tanto escuchar, le fuí regalando aquellos mas lindos y que mas quería. Y nunca me arrepentí.
 

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