Fingal
Poeta adicto al portal
Los ciervos y la guerra
Marchan los ciervos a la guerra:
los mansos, los enfermos, los cautivos;
los que doblan el firmamento en sus rodillas;
los que no comprenden el deshielo,
el abismo rojo del amanecer,
la inmensidad de la pregunta.
Marchan los sabios, los intrusos, los impíos;
los que se visten cada noche de azalea
y esconden su reflejo en el océano;
los que sostienen su bramido como un ruego a los ancianos.
Marchan los ciervos a la guerra,
solos,
graves,
lentos,
como relojes de mercurio,
como la verdad en un campo de reliquias,
como el crepúsculo tendido junto a los esclavos.
Marchan los ciervos
con sus mantos de madreselva y liquen,
con la carne agrietada,
las cabezas erguidas como lápidas.
Han comido la mandrágora,
han desprendido el himen de la niña,
se han pintado los ojos
de cal y miedo.
Y marchan a la guerra,
la guerra que descendió de las montañas
cuando la luz se contempló a sí misma,
cuando se desmembraron los oficios,
cuando los jueces repartieron
la voz, la culpa y la venganza.
La guerra madre de la guerra,
madre del cuervo,
madre del lobo;
la guerra que coloca uno a uno
los dientes de los tiburones blancos;
la guerra que escribe todos nuestros nombres
en cuevas de granito.
Marchan los ciervos a la guerra:
los mansos, los enfermos, los cautivos;
los que doblan el firmamento en sus rodillas;
los que no comprenden el deshielo,
el abismo rojo del amanecer,
la inmensidad de la pregunta.
Marchan los sabios, los intrusos, los impíos;
los que se visten cada noche de azalea
y esconden su reflejo en el océano;
los que sostienen su bramido como un ruego a los ancianos.
Marchan los ciervos a la guerra,
solos,
graves,
lentos,
como relojes de mercurio,
como la verdad en un campo de reliquias,
como el crepúsculo tendido junto a los esclavos.
Marchan los ciervos
con sus mantos de madreselva y liquen,
con la carne agrietada,
las cabezas erguidas como lápidas.
Han comido la mandrágora,
han desprendido el himen de la niña,
se han pintado los ojos
de cal y miedo.
Y marchan a la guerra,
la guerra que descendió de las montañas
cuando la luz se contempló a sí misma,
cuando se desmembraron los oficios,
cuando los jueces repartieron
la voz, la culpa y la venganza.
La guerra madre de la guerra,
madre del cuervo,
madre del lobo;
la guerra que coloca uno a uno
los dientes de los tiburones blancos;
la guerra que escribe todos nuestros nombres
en cuevas de granito.