Teo Moran
Poeta fiel al portal
Estiran sus alas los buitres en la cañada
con su deflagrante plumaje suspendido
en la vertiente de un océano escondido,
entre los pinos espigados y moribundos
que duermen con las luces del verano
mientras los girasoles, fósiles en los ojos
giran sus pétalos en busca del azul cielo,
en la profundidad de la llanura escabrosa
que nos llevan silentes en busca del ahogo,
en busca de la rodada impresa en el alma,
del hambre de nuestras pisadas calladas.
En el claro destino del río bebo de su cauce
y me hundo entre las sombras de los aullidos,
en el griterío de sus gotas cuando feroces
colisionan contra las rocas, en el lecho sediento
por las turbulencias de los días secos y pajizos
donde el sol recolecta sangre, sudor y lágrimas,
en los campos hoy rotos por cercenada hoz
y en la delgada brisa de unos labios heridos.
Veo como se pinta el camino con el rubor
de las amapolas ensangrentadas y extrañas,
veo como el pino se quema con el plañir del sol
tocado por los dedos de la ausencia del aire,
noto como se arrumba la hierba presa del águila
que con su perfil quiebra los dones del paisaje,
suspiro por la cadencia del trigo ausente en el mar
y en mi boca el sabor a hierba se va fundiendo
dando vida con su frescor a mi agitado corazón.
Allí, entre los colores del universo me inundo
y me siento tan pequeño, como una débil brizna
que es derrotada por la desidia de un suspiro
que pinta de arrebol los caminos del amor,
que con su pincel dan forma a las algarabías
de los jilgueros que con su melodía verde
van dando paso a la luz angostada del atardecer,
como el caudal se abre por entre las sombras
dejando un torpe susurro de gotas delirantes
que en su huida se llevan las horas del día.
Llevo los colores de la sierra en el acorde del alma,
el lápiz en mis ojos y el tinte en el corazón,
luces amarillas, blancas, rojas y negras,
luces imprecisas como la gota cristalina
acariciada por los dedos del ardiente sol
se torna gris para después volverse azul
y en su cauce verdea junto a las agudas hierbas.
Los buitres con sus alas desplegadas lloran,
esperan en el tapiz azul del cielo sobrevivir
con su baile pausado, tranquilo, con su silencio,
con su inestabilidad efímera en la melodía
que se oye entre los pinos espigados y dormidos,
en la sombra oscura del monte elevado
donde dejé de ser presa del canto del jilguero
y me abandoné al color de un mundo irreconocible
que me hace marchito en las promesas del alma
donde el amor poco a poco va perdiendo su color.
con su deflagrante plumaje suspendido
en la vertiente de un océano escondido,
entre los pinos espigados y moribundos
que duermen con las luces del verano
mientras los girasoles, fósiles en los ojos
giran sus pétalos en busca del azul cielo,
en la profundidad de la llanura escabrosa
que nos llevan silentes en busca del ahogo,
en busca de la rodada impresa en el alma,
del hambre de nuestras pisadas calladas.
En el claro destino del río bebo de su cauce
y me hundo entre las sombras de los aullidos,
en el griterío de sus gotas cuando feroces
colisionan contra las rocas, en el lecho sediento
por las turbulencias de los días secos y pajizos
donde el sol recolecta sangre, sudor y lágrimas,
en los campos hoy rotos por cercenada hoz
y en la delgada brisa de unos labios heridos.
Veo como se pinta el camino con el rubor
de las amapolas ensangrentadas y extrañas,
veo como el pino se quema con el plañir del sol
tocado por los dedos de la ausencia del aire,
noto como se arrumba la hierba presa del águila
que con su perfil quiebra los dones del paisaje,
suspiro por la cadencia del trigo ausente en el mar
y en mi boca el sabor a hierba se va fundiendo
dando vida con su frescor a mi agitado corazón.
Allí, entre los colores del universo me inundo
y me siento tan pequeño, como una débil brizna
que es derrotada por la desidia de un suspiro
que pinta de arrebol los caminos del amor,
que con su pincel dan forma a las algarabías
de los jilgueros que con su melodía verde
van dando paso a la luz angostada del atardecer,
como el caudal se abre por entre las sombras
dejando un torpe susurro de gotas delirantes
que en su huida se llevan las horas del día.
Llevo los colores de la sierra en el acorde del alma,
el lápiz en mis ojos y el tinte en el corazón,
luces amarillas, blancas, rojas y negras,
luces imprecisas como la gota cristalina
acariciada por los dedos del ardiente sol
se torna gris para después volverse azul
y en su cauce verdea junto a las agudas hierbas.
Los buitres con sus alas desplegadas lloran,
esperan en el tapiz azul del cielo sobrevivir
con su baile pausado, tranquilo, con su silencio,
con su inestabilidad efímera en la melodía
que se oye entre los pinos espigados y dormidos,
en la sombra oscura del monte elevado
donde dejé de ser presa del canto del jilguero
y me abandoné al color de un mundo irreconocible
que me hace marchito en las promesas del alma
donde el amor poco a poco va perdiendo su color.