Jcmch
Poeta veterano en el portal.
No hay más que un sol en cada esquina,
atisbado de luces,
y un humano en cada matiz, entre el calor
de su fantasía ultravioleta.
La ciudad se vuelve contra el cielo,
acelerando su paso, y criando
musas callejeras.
Allí, en el solaz,
una mujer pasea sus tacones ciegos
por las avenidas desiertas de los domingos;
la dama que se duerme en su vanidad,
en su dios piadoso.
Suave, pulcra y olorosa su mano.
Su vestido claro y untuoso.
Verde ultramarino.
Bañada de insolente juventud,
y podrida con la obscenidad de su carne tierna.
Por otro lado, en otras fraguas,
un hombre.
Figurado con su fragancia varonil.
Despidiendo heroicidad griega.
Sus formas tácitas decoran
el trasluz elemental.
Se oyen sus pasos candentes en la escena,
y a él se postra la imaginación.
La ciudad, perdida en polución,
cruzada de luz,
se proyecta en perfecta armonía.
Se llenan las miradas de ciencia.
Se cruzan las ideas de admiración.
Unos a la mujer, otros al hombre.
Todos enfrascados en la degustación del hábito.
Hábito que se imprime en la piel.
El polvo mas elemental, concentrado
por las horas de la creación,
se vuelve añicos
entre el genio gutural de los sentidos.
En un momento se puede vivir más,
acordándose uno bien de todo
con lo que se vino preparado:
las piernas, el torso enloquecedor
(que en unos es tremendo y en otros
es sublime), el sexo en flor,
los olores magnéticos,
el habla insufrible,
el sentimiento profundo,
el rostro infame.
Todo mezclado en una disposición
mística.
El hombre y la mujer.
Matan y absorben en su total
perversión.
Y la ciudad se paraliza,
se trastorna, se inmuniza,
para sorber el aire que emanan
y la soberbia que imponen.
atisbado de luces,
y un humano en cada matiz, entre el calor
de su fantasía ultravioleta.
La ciudad se vuelve contra el cielo,
acelerando su paso, y criando
musas callejeras.
Allí, en el solaz,
una mujer pasea sus tacones ciegos
por las avenidas desiertas de los domingos;
la dama que se duerme en su vanidad,
en su dios piadoso.
Suave, pulcra y olorosa su mano.
Su vestido claro y untuoso.
Verde ultramarino.
Bañada de insolente juventud,
y podrida con la obscenidad de su carne tierna.
Por otro lado, en otras fraguas,
un hombre.
Figurado con su fragancia varonil.
Despidiendo heroicidad griega.
Sus formas tácitas decoran
el trasluz elemental.
Se oyen sus pasos candentes en la escena,
y a él se postra la imaginación.
La ciudad, perdida en polución,
cruzada de luz,
se proyecta en perfecta armonía.
Se llenan las miradas de ciencia.
Se cruzan las ideas de admiración.
Unos a la mujer, otros al hombre.
Todos enfrascados en la degustación del hábito.
Hábito que se imprime en la piel.
El polvo mas elemental, concentrado
por las horas de la creación,
se vuelve añicos
entre el genio gutural de los sentidos.
En un momento se puede vivir más,
acordándose uno bien de todo
con lo que se vino preparado:
las piernas, el torso enloquecedor
(que en unos es tremendo y en otros
es sublime), el sexo en flor,
los olores magnéticos,
el habla insufrible,
el sentimiento profundo,
el rostro infame.
Todo mezclado en una disposición
mística.
El hombre y la mujer.
Matan y absorben en su total
perversión.
Y la ciudad se paraliza,
se trastorna, se inmuniza,
para sorber el aire que emanan
y la soberbia que imponen.
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