Se cierne sobre el firmamento encapotado una pena muy honda,una que hace estallar de lágrimas sinceras a los dioses del amor;pues ha muerto en su crepúsculo la dama hechicera que sostenía entre sus finas y pálidas manos el mundo gimiente: aquella que regalaba cariñosa sinceros regalos de purpurina,entreabiertos para que los humildes mortales pudiesen entrever con sus ojos sangrientos la dádiva celestial que un infinito amor puro prodigaba con sincero encanto.Pero ahora todo eso terminó.Comienza a llover,y las losas sepulcrales dejan correr el torrente acuoso para que penetre por la tierra;a ver si su salutífera fragancia es capaz de despertar a los muertos.Mas he aquí el eternal milagro.De una cripta,se oye el graznar maldito de un cadáver.El enterrador que estaba a la faena de exhumar un muerto,tiembla de sacro santo terror y sale corriendo del camposanto.Los cielos se entreabren y un murmullo maldito,proveniente de lo alto cala hasta los huesos de pánico y terror a los mortales que visitaban a sus fieles difuntos.Una pléyade de éstos se acercan a aquellos para,con intención carnicera,sembrar sus estómagos de pesadilla con carne fresca que termine y finiquite el hambre preternatural que sentían.