c.eldrick driven-zavala
Poeta recién llegado
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Apenas han pasado dos años pero estamos ya sometidos por los hijos del sol, encadenados por nuestros propios dioses y sufriendo por la sucia traición de nuestros beligerantes hermanos. La sangre de nuestros inocentes hijos que fueron desmembrados por sus bestias es ahora el agua que nos baña; es su semilla la que crece en los vientres de nuestras mujeres; es su fe la que se ha comido a nuestras opiniones; son sus voces ahora las que mandan.
No hay lugar en donde no vea a uno de mis hermanos arrancándose a puños el cabello ante la frustración y la desesperación de no poder hacer nada, después de todo ¿Quién se atreve a retar a los hijos de Dios?
De la lejanía inmensa del mar, trepados en sus montañas llegaron poco a poco y de ese mismo modo nos fueron extinguiendo. Nuestras plazas cambiaron de estar abarrotadas por personas conviviendo a ser hoy depósitos para cadáveres pútridos. Pero no fueron sus espadas que blandían nuestra carne con suma facilidad las que nos acabaron, fue la maldición en su sangre que al contagiarnos nos ha vencido. No hay salida, estamos derrotados.
Los hijos del sol. Parte uno.
Apenas han pasado dos años pero estamos ya sometidos por los hijos del sol, encadenados por nuestros propios dioses y sufriendo por la sucia traición de nuestros beligerantes hermanos. La sangre de nuestros inocentes hijos que fueron desmembrados por sus bestias es ahora el agua que nos baña; es su semilla la que crece en los vientres de nuestras mujeres; es su fe la que se ha comido a nuestras opiniones; son sus voces ahora las que mandan.
No hay lugar en donde no vea a uno de mis hermanos arrancándose a puños el cabello ante la frustración y la desesperación de no poder hacer nada, después de todo ¿Quién se atreve a retar a los hijos de Dios?
De la lejanía inmensa del mar, trepados en sus montañas llegaron poco a poco y de ese mismo modo nos fueron extinguiendo. Nuestras plazas cambiaron de estar abarrotadas por personas conviviendo a ser hoy depósitos para cadáveres pútridos. Pero no fueron sus espadas que blandían nuestra carne con suma facilidad las que nos acabaron, fue la maldición en su sangre que al contagiarnos nos ha vencido. No hay salida, estamos derrotados.
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