jorgeaa
Poeta recién llegado
Afuera, hace frío
y se escuchan disparos durante toda la noche.
He abierto la última cerveza que quedaba en el congelador
y le subo el volumen a la única canción de Bob Dylan que conozco,
como tratando de engañar al miedo,
pero no lo consigo.
Se escuchan las sirenas de las ambulancias,
a veces cerca, a veces lejos;
pero nunca dejan de sonar.
En el asfalto quedaron derramados
los sueños de una vida mejor
y la pólvora acarrea el aroma
de miles de promesas rotas.
Afuera hace frío,
y la angustia acecha las puertas de las casas
como león rugiente que no se va,
a pesar de lo recio que Dylan recite
que los tiempos están cambiando.
Mis padres se fueron al norte desde hace tanto,
que casi no recuerdo sus rostros,
lo único que me une a ellos es una remesa
que cada vez se reduce más
entre la fingida burocracia del banco.
"Cuántos caminos tiene que caminar un hombre
antes de que puedas llamarle un hombre?"
me pregunta Dylan
como si tuviera la respuesta.
Y de pronto me siento tan ajeno a él
y sus canciones de los 60
y su poesía utópica
y su país hecho a base de trabajo ilegal,
falso agradecimiento,
democracia postiza
y el dinero como una virtud.
No puedo culparlo.
Que va saber de caminos
si nunca recorrió uno de 3000 kms,
o de aguas navegables
si nunca atravesó un río fronterizo,
o de cuantas muertes son suficientes
si nunca tuvo que reconocer a un amigo en la morgue.
Las sirenas y los tiros han dejado de sonar
dándole paso a un llanto amargo
que penetra hasta los huesos.
No, mi rabia no es contra Bob Dylan,
sino contra todo aquello que nos prometió
ese maldito payaso en la casa presidencial,
contra el hombre araña
que solo está para salvar a Nueva York,
contra la idea que nos creó la televisión
sobre la vida,
contra la multitud inerte
que camina hacia el abismo sin darse cuenta,
contra Camus, Dostoievski,
Sartre y Hesse
que demostraron la cruel realidad.
Afuera hace frío,
le subo volumen a Dylan hasta el tope
y ahora es imposible,
engañar al miedo.
y se escuchan disparos durante toda la noche.
He abierto la última cerveza que quedaba en el congelador
y le subo el volumen a la única canción de Bob Dylan que conozco,
como tratando de engañar al miedo,
pero no lo consigo.
Se escuchan las sirenas de las ambulancias,
a veces cerca, a veces lejos;
pero nunca dejan de sonar.
En el asfalto quedaron derramados
los sueños de una vida mejor
y la pólvora acarrea el aroma
de miles de promesas rotas.
Afuera hace frío,
y la angustia acecha las puertas de las casas
como león rugiente que no se va,
a pesar de lo recio que Dylan recite
que los tiempos están cambiando.
Mis padres se fueron al norte desde hace tanto,
que casi no recuerdo sus rostros,
lo único que me une a ellos es una remesa
que cada vez se reduce más
entre la fingida burocracia del banco.
"Cuántos caminos tiene que caminar un hombre
antes de que puedas llamarle un hombre?"
me pregunta Dylan
como si tuviera la respuesta.
Y de pronto me siento tan ajeno a él
y sus canciones de los 60
y su poesía utópica
y su país hecho a base de trabajo ilegal,
falso agradecimiento,
democracia postiza
y el dinero como una virtud.
No puedo culparlo.
Que va saber de caminos
si nunca recorrió uno de 3000 kms,
o de aguas navegables
si nunca atravesó un río fronterizo,
o de cuantas muertes son suficientes
si nunca tuvo que reconocer a un amigo en la morgue.
Las sirenas y los tiros han dejado de sonar
dándole paso a un llanto amargo
que penetra hasta los huesos.
No, mi rabia no es contra Bob Dylan,
sino contra todo aquello que nos prometió
ese maldito payaso en la casa presidencial,
contra el hombre araña
que solo está para salvar a Nueva York,
contra la idea que nos creó la televisión
sobre la vida,
contra la multitud inerte
que camina hacia el abismo sin darse cuenta,
contra Camus, Dostoievski,
Sartre y Hesse
que demostraron la cruel realidad.
Afuera hace frío,
le subo volumen a Dylan hasta el tope
y ahora es imposible,
engañar al miedo.