Miro sus rostros impertérritos, y escupo ira,
mi gélida cintura se desvirtúa y tropiezo,
y me hundo, en calma asfixiada, en el averno espeso
de cristales afilados penetrando en mis heridas.
Oigo sus voces acercándose y vomito fuego,
me retumban los oídos, me recomen las tripas,
y luego se alejan triunfantes hasta la próxima cita
en que vuelvan insistentes a romper con mi sosiego.
Una noche ya cercana realizarán su visita
acariciando mi alma con sus uñas de veneno,
y entre risas y gruñidos podrán recobrar de nuevo
su vileza intransigente, el espasmo que me habita.
Si sus viejas plumas susurran rasgando un cuaderno,
la tinta que envuelve mi esencia no se debilita.
No puedo encontrar más gloria en su palabra escrita
que la que yace baldía en el fondo de mis sueños.
Pero, la oscuridad de sus ojos, que recuerda inerte al hielo,
extrudiéndose a través de mis poros de repente grita
y me incita a espergurarme al mostrar que estoy contrita,
aunque su cruda alma necia sea más cruel que mis miedos.
Veo una cruz al horizonte, la corte de mis manías,
se agarran despacio a mi norte los andariegos
y me retienen proscrita los irritados.
Creo que nada queda más distante en lejanía,
y me exigen auxilio inquietante los niños ciegos,
me impiden seguir adelante los condenados.
mi gélida cintura se desvirtúa y tropiezo,
y me hundo, en calma asfixiada, en el averno espeso
de cristales afilados penetrando en mis heridas.
Oigo sus voces acercándose y vomito fuego,
me retumban los oídos, me recomen las tripas,
y luego se alejan triunfantes hasta la próxima cita
en que vuelvan insistentes a romper con mi sosiego.
Una noche ya cercana realizarán su visita
acariciando mi alma con sus uñas de veneno,
y entre risas y gruñidos podrán recobrar de nuevo
su vileza intransigente, el espasmo que me habita.
Si sus viejas plumas susurran rasgando un cuaderno,
la tinta que envuelve mi esencia no se debilita.
No puedo encontrar más gloria en su palabra escrita
que la que yace baldía en el fondo de mis sueños.
Pero, la oscuridad de sus ojos, que recuerda inerte al hielo,
extrudiéndose a través de mis poros de repente grita
y me incita a espergurarme al mostrar que estoy contrita,
aunque su cruda alma necia sea más cruel que mis miedos.
Veo una cruz al horizonte, la corte de mis manías,
se agarran despacio a mi norte los andariegos
y me retienen proscrita los irritados.
Creo que nada queda más distante en lejanía,
y me exigen auxilio inquietante los niños ciegos,
me impiden seguir adelante los condenados.