Fugaces malabarismos de un dios embozado en luz tenebrosa de arácnida luna. Es así como se divierten los sediciosos luceros menores al contemplar semejante espectáculo. Pero ¡ojo! cuidado que la quieta armonía de lo que parece ser un sobresaliente pasatiempo no se convierta en una atroz caída hacia los infiernos que bullen bajo la penosa tierra cuartada, que gime de espanto cada vez que es pisada por los soñolientos pasos del adusto hombre que come y bebe como un verde ogro. Cuando la aurora despunta ya, ningún numen ni esfera celestial de la impertérrita noche se atreve a realizar los juegos de la feria. Están escondidos bajo el polvo que cae de un cielo color ceniza. Es ahí donde dormitan demacrados por el paso presuroso de un tiempo que corre como agua de barro y peces muertos. Entonces es el momento de abrir las bocas famélicas y sorber del éter puro que poluciona el recién nacido sol.