Évano
Libre, sin dioses.
Su sonrisa precedía a una voz de miel, desacostumbrada a degustar en aquellos lares. Andrés se sorprendió por tal comportamiento en una joven que a duras penas llegaría a la mayoría de edad. La larga cabellera rubia contenida con una goma elástica roja, unos pómulos sonrosados y un rostro suave y de contornos plácidos, no se correspondían a un cuerpo grácil y pequeño, pero bien conformado y acompañado de unas piernas ágiles y unos pies que pisaban firme y seguro.
Se aproximaba a su mesa. El sol incidía en la plateada bandeja e iluminaba aun más un rostro que para Andrés debía se divino, surgido de los mismos cielos. Una chispa trataba de encender la mecha de su pasión. Húmeda por el paso del tiempo, se resistía a encender.
Los fuertes latidos del corazón en la caja torácica evidenciaban las explosiones que se producían en su interior. El motor del amor intentaba encenderse. El humo de los intentos empañaban unos ojos que no podían evitar el lagrimeo ni el sudor de sus axilas, frente y manos. Se sacó un pañuelo y trató de acicalarse lo antes posible, antes de que arribara aquella ninfa surgida de algún paraíso. Llegaba su diosa para preguntarle qué quería consumir, con su vaivén de caderas armonioso, su sonrisa amplia y las luces del mundo escoltándola.
-Buenos días señor, ¿qué quiere usted para desayunar? Cocinamos unos callos a la madri...
El bueno de Andrés sudaba y sudaba. Sus orejas parecían no querer entablar contacto con la linda muchacha. Giró el cuello ante la vergüenza de que lo viera de aquella manera y se vio reflejado en las cristaleras del local y, ante tal visión, se metió debajo de la mesa, cruzando sus brazos sobre la cara, acuclillado, tiritando y sudando a mares.
La bella joven, estupefacta, sin saber qué hacer, no reaccionaba.
Unas risas, al principio leves, fueron creciendo hasta convertirse en estridentes. Ahora toda la gente miraba y reía a carcajadas la escena del pobre Andrés.
La preciosa camarera dejó la bandeja sobre la mesa, se agachó, separó los brazos de Andrés y se acuclilló junto a él y lo abrazó mientras le susurraba:
-Te entiendo cariño, te entiendo, no sufras más. Ya me queda poco para acabar el turno. Espera un poquito y nos vamos.
Le besó la frente varias veces y le acarició la espalda. Le ató las correas de la camisa de fuerza y lo volvió a sentar en la silla de ruedas, situándolo en un rincón, donde el resto del manicomio no pudiera molestarle.
Se aproximaba a su mesa. El sol incidía en la plateada bandeja e iluminaba aun más un rostro que para Andrés debía se divino, surgido de los mismos cielos. Una chispa trataba de encender la mecha de su pasión. Húmeda por el paso del tiempo, se resistía a encender.
Los fuertes latidos del corazón en la caja torácica evidenciaban las explosiones que se producían en su interior. El motor del amor intentaba encenderse. El humo de los intentos empañaban unos ojos que no podían evitar el lagrimeo ni el sudor de sus axilas, frente y manos. Se sacó un pañuelo y trató de acicalarse lo antes posible, antes de que arribara aquella ninfa surgida de algún paraíso. Llegaba su diosa para preguntarle qué quería consumir, con su vaivén de caderas armonioso, su sonrisa amplia y las luces del mundo escoltándola.
-Buenos días señor, ¿qué quiere usted para desayunar? Cocinamos unos callos a la madri...
El bueno de Andrés sudaba y sudaba. Sus orejas parecían no querer entablar contacto con la linda muchacha. Giró el cuello ante la vergüenza de que lo viera de aquella manera y se vio reflejado en las cristaleras del local y, ante tal visión, se metió debajo de la mesa, cruzando sus brazos sobre la cara, acuclillado, tiritando y sudando a mares.
La bella joven, estupefacta, sin saber qué hacer, no reaccionaba.
Unas risas, al principio leves, fueron creciendo hasta convertirse en estridentes. Ahora toda la gente miraba y reía a carcajadas la escena del pobre Andrés.
La preciosa camarera dejó la bandeja sobre la mesa, se agachó, separó los brazos de Andrés y se acuclilló junto a él y lo abrazó mientras le susurraba:
-Te entiendo cariño, te entiendo, no sufras más. Ya me queda poco para acabar el turno. Espera un poquito y nos vamos.
Le besó la frente varias veces y le acarició la espalda. Le ató las correas de la camisa de fuerza y lo volvió a sentar en la silla de ruedas, situándolo en un rincón, donde el resto del manicomio no pudiera molestarle.
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