Los lugares donde todavía te encuentro

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas

Todavía te encuentro en la lluvia.

No en las tormentas que llegan furiosas,
sino en esa llovizna suave que parece caer despacio
para no despertar los recuerdos.
Ahí, entre las gotas que resbalan por las ventanas,
aparece tu nombre escrito por la nostalgia,
como si el cielo también se negara a olvidarte.

Te encuentro en una canción antigua.

En esos acordes que alguna vez escuchamos distraídos,
sin sospechar que el tiempo los convertiría en refugio.
Entonces la voz del cantante pronuncia una palabra cualquiera,
y de pronto regresas,
sentándote junto a mí en el rincón más secreto de la memoria.

Te encuentro en el aroma del café.

En las mañanas silenciosas,
cuando la casa aún no termina de despertar
y el vapor asciende lentamente desde la taza.
Hay algo de ti en ese calor que reconforta,
en esa costumbre sencilla de comenzar el día
pensando en alguien que ya no está.

Te encuentro en una calle cualquiera.

Mientras camino sin buscarte,
apareces en el color de una puerta,
en la risa de unos desconocidos,
en la sombra que dejan los árboles sobre la acera.
Y durante un instante,
la ciudad entera parece haber aprendido tus gestos.

Te encuentro en los libros.

Entre páginas dobladas por el tiempo,
en frases que hablan de amor,
de despedidas,
de personas que se pierden y continúan viviendo dentro de nosotros.
Hay autores que jamás te conocieron,
pero de algún modo escribieron sobre ti.

Te encuentro en los atardeceres.

Cuando el sol se despide lentamente
y el cielo se llena de colores imposibles.
Porque había algo parecido a la belleza de esos finales
en la forma en que me mirabas
cuando creías que yo no estaba observándote.

Y también te encuentro en el silencio.

Sobre todo en el silencio.

En esa hora extraña de la madrugada
cuando el mundo parece suspender la respiración
y uno se queda a solas con lo que ama y con lo que pierde.
Entonces tu recuerdo llega sin hacer ruido,
se sienta frente a mí,
y permanece allí,
como una visita que conoce el camino de regreso.

Por eso he comprendido algo:

No te fuiste del todo.

Simplemente aprendiste a vivir en otros lugares.

En la lluvia.

En las canciones.

En el café.

En las calles.

En los atardeceres.

Y en este corazón obstinado
que todavía te encuentra
dondequiera que la vida intenta esconderte.
 
Última edición:

Todavía te encuentro en la lluvia.

No en las tormentas que llegan furiosas,
sino en esa llovizna suave que parece caer despacio
para no despertar los recuerdos.
Ahí, entre las gotas que resbalan por las ventanas,
aparece tu nombre escrito por la nostalgia,
como si el cielo también se negara a olvidarte.

Te encuentro en una canción antigua.

En esos acordes que alguna vez escuchamos distraídos,
sin sospechar que el tiempo los convertiría en refugio.
Entonces la voz del cantante pronuncia una palabra cualquiera,
y de pronto regresas,
sentándote junto a mí en el rincón más secreto de la memoria.

Te encuentro en el aroma del café.

En las mañanas silenciosas,
cuando la casa aún no termina de despertar
y el vapor asciende lentamente desde la taza.
Hay algo de ti en ese calor que reconforta,
en esa costumbre sencilla de comenzar el día
pensando en alguien que ya no está.

Te encuentro en una calle cualquiera.

Mientras camino sin buscarte,
apareces en el color de una puerta,
en la risa de unos desconocidos,
en la sombra que dejan los árboles sobre la acera.
Y durante un instante,
la ciudad entera parece haber aprendido tus gestos.

Te encuentro en los libros.

Entre páginas dobladas por el tiempo,
en frases que hablan de amor,
de despedidas,
de personas que se pierden y continúan viviendo dentro de nosotros.
Hay autores que jamás te conocieron,
pero de algún modo escribieron sobre ti.

Te encuentro en los atardeceres.

Cuando el sol se despide lentamente
y el cielo se llena de colores imposibles.
Porque había algo parecido a la belleza de esos finales
en la forma en que me mirabas
cuando creías que yo no estaba observándote.

Y también te encuentro en el silencio.

Sobre todo en el silencio.

En esa hora extraña de la madrugada
cuando el mundo parece suspender la respiración
y uno se queda a solas con lo que ama y con lo que pierde.
Entonces tu recuerdo llega sin hacer ruido,
se sienta frente a mí,
y permanece allí,
como una visita que conoce el camino de regreso.

Por eso he comprendido algo:

No te fuiste del todo.

Simplemente aprendiste a vivir en otros lugares.

En la lluvia.

En las canciones.

En el café.

En las calles.

En los atardeceres.

Y en este corazón obstinado
que todavía te encuentra
dondequiera que la vida intenta esconderte.
Hay personas que quedan grabadas en el alma.

Saludos hasta PR
 

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