Bender Carvajal
Poeta recién llegado
Los muertos se visten
apropiadamente para morir,
dan envidia sus caravanas
de fiestas funerarias
mientras nosotros celebramos
acompañados tan sólo
de nuestras bipolaridades.
Dan ganas de estar muerto
en sus velatorios de cristal inquieto,
como anfitriones de sus túneles
o sosteniendo los cadáveres
que agitan sus pañuelos mientras van hacia la luz.
Envidio la imprudencia
con que escogen cada sueño
y que los párpados quietos le sienten bien,
envidio la incorregible y apasionada sonrisa
que fermenta sin voz, la flojera
de sus pies con que llevan el ritmo de su procesión,
el que hagan círculos
con sus pulgares fúnebres,
que dinamiten la tolerancia de los áticos,
que subleven la pena desgarradora
de la culpa y se delaten como vencedores
ante Dios.
Los muertos y sus barrios acomodados
donde nada crece
excepto la tranquilidad inamovible
de sus espasmos nocturnos,
quizás un poco la hierba
o tal vez otro tanto el silencio,
pero a los muertos no les preocupa
el condominio de prados y cárcel,
nadie les avienta periódicos
ni van por leche a media noche
mientras descansan todos en paz;
los muertos en condominios de pianos
con escaleras de tubas, clarinetes en los jarrones,
y violines silbando entre lápida y lápida
al amanecer;
los muertos y sus pequeñas deudas
de cofradías contra la vida,
escozor estancado por la venganza,
despiertan de sus lechos acordonados
como divinas iras que se propagan
y en recipientes cárneos
dejan la sangre congelada y tiesa,
como el hábito de invitarme
a donde todos ellos van
apropiadamente para morir,
dan envidia sus caravanas
de fiestas funerarias
mientras nosotros celebramos
acompañados tan sólo
de nuestras bipolaridades.
Dan ganas de estar muerto
en sus velatorios de cristal inquieto,
como anfitriones de sus túneles
o sosteniendo los cadáveres
que agitan sus pañuelos mientras van hacia la luz.
Envidio la imprudencia
con que escogen cada sueño
y que los párpados quietos le sienten bien,
envidio la incorregible y apasionada sonrisa
que fermenta sin voz, la flojera
de sus pies con que llevan el ritmo de su procesión,
el que hagan círculos
con sus pulgares fúnebres,
que dinamiten la tolerancia de los áticos,
que subleven la pena desgarradora
de la culpa y se delaten como vencedores
ante Dios.
Los muertos y sus barrios acomodados
donde nada crece
excepto la tranquilidad inamovible
de sus espasmos nocturnos,
quizás un poco la hierba
o tal vez otro tanto el silencio,
pero a los muertos no les preocupa
el condominio de prados y cárcel,
nadie les avienta periódicos
ni van por leche a media noche
mientras descansan todos en paz;
los muertos en condominios de pianos
con escaleras de tubas, clarinetes en los jarrones,
y violines silbando entre lápida y lápida
al amanecer;
los muertos y sus pequeñas deudas
de cofradías contra la vida,
escozor estancado por la venganza,
despiertan de sus lechos acordonados
como divinas iras que se propagan
y en recipientes cárneos
dejan la sangre congelada y tiesa,
como el hábito de invitarme
a donde todos ellos van