vidal_ronald
Poeta recién llegado
LOS OJOS DE MASHU
Mashu era pequeño, pero único para nuestra familia.
Llegaste una tarde, cuando observé una sombra reflejada entre los vidrios de la puerta principal y los rayos del sol. Por un instante pensé que se trataba de un malhechor intentando ingresar a la casa.
Con angustia y enfado abrí la puerta, preparado para defenderme. Miré a ambos lados y no encontré a nadie. Entonces bajé la mirada y ahí estabas tú: tembloroso, sumiso y debilitado por el hambre. Mi reacción cambió por completo, como la oscuridad cuando aparece el amanecer.
Te levanté entre mis brazos y revisé que no tuvieras heridas. Luego te alimenté y cuidé durante horas. Fue entonces cuando descubrí en tus ojos dos pequeños universos en movimiento, brillando con tonos esmeralda.
Con el paso del tiempo te convertiste en parte de nuestra familia. Presenciaste la construcción de nuestra nueva casa y estuviste sentado en el automóvil desde el primer día en que llegó.
Compartiste cumpleaños, reuniones y momentos felices, como si también comprendieras que eras uno más entre nosotros. Quizá disfrutabas aquellos días porque siempre aparecía más carne y todos terminábamos compartiendo contigo.
Fueron cinco años llenos de travesuras y alegría. Te gustaba subir a lugares altos, explorar cada rincón y observarlo todo con esa curiosidad silenciosa que te hacía diferente.
Pero un día desapareciste.
Te busqué por el patio, por las calles cercanas y hasta en los techos vecinos. Te llamé durante días, luego semanas y finalmente meses, pero nunca regresaste.
Tiempo después ocurrió una inundación por el desborde del río cercano a nuestra casa. Las calles quedaron destruidas y muchas familias sufrieron pérdidas. En medio de todo aquello, mi preocupación seguía siendo la misma: pensar que tal vez aún estabas afuera, solo y luchando por sobrevivir.
Pasaron dos años.
Cada noche comenzaban a escucharse ruidos sobre los techos de calamina. Parecía que algún animal caminaba lentamente en la oscuridad, aunque jamás emitía otro sonido. Entonces recordé algo especial de ti: nunca maullabas como los demás gatos. Desde pequeño eras silencioso, como si hubieras aprendido a vivir conversando únicamente con la mirada.
A la mañana siguiente decidí esperar junto al amanecer para descubrir el origen de aquellos pasos nocturnos.
Y entonces te vi. Después de tantos años, mis ojos se llenaron de lágrimas como lluvia torrencial. Allí estabas: más delgado, más cansado, pero seguías siendo tú.
—Mashu… ven, Mashu…
No querías bajar. Quizá dudabas; quizá el tiempo también había dejado heridas en ti. Sin embargo, cuando abrí una lata de atún y el aroma llegó hasta el techo, descendiste lentamente. Reconocí tus manchas naranjas y blancas, tu caminar pausado y tu silencio inconfundible.
Habías vuelto a casa.
Comprendí entonces que jamás abandonaste a tu familia. Durante dos años luchaste por sobrevivir y encontrar el camino de regreso.
Pero el tiempo también había dejado huellas sobre tu cuerpo.
Estabas envejecido, enfermo y débil. La comida ya no te hacía bien y apenas tenías fuerzas para caminar.
Una fría mañana de invierno te encontré tendido en el pasillo de la casa. No respirabas con normalidad y tu pequeño cuerpo apenas reaccionaba. Te tomé entre mis brazos y corrí hacia el veterinario. El trayecto era largo y el tráfico parecía interminable.
Mientras avanzábamos, hablé contigo durante todo el camino. Te hablé de mi vida, de mis problemas y de lo difícil que puede ser el mundo. También te di las gracias. Gracias por regresar. Gracias por hacerme entender que jamás debemos abandonar a los miembros de la familia; que debemos dejar de lado el orgullo y la envidia; que, a veces, uno deja de pensar solo en sí mismo y aprende a priorizar el bienestar de quienes ama. Gracias por enseñarme que a la familia nunca se la abandona.
En aquel último viaje volví a mirar tus ojos. Seguían allí esos dos pequeños universos brillando con ternura, aunque cada vez más apagados. Quise que me respondieras. Quise escuchar, aunque fuera un pequeño sonido. Pero permaneciste en silencio, como siempre.
Entonces comprendí que habías entregado toda tu vida por volver a nosotros. Pasaste años luchando afuera y, cuando finalmente encontraste el camino a casa, permaneciste junto a tu familia hasta el último latido de tu corazón.
Finalmente cerré tus ojos y me despedí de ti.
Y desde aquel día entendí que incluso el ser más pequeño puede enseñarnos el significado más grande del amor y la lealtad.
Llegaste una tarde, cuando observé una sombra reflejada entre los vidrios de la puerta principal y los rayos del sol. Por un instante pensé que se trataba de un malhechor intentando ingresar a la casa.
Con angustia y enfado abrí la puerta, preparado para defenderme. Miré a ambos lados y no encontré a nadie. Entonces bajé la mirada y ahí estabas tú: tembloroso, sumiso y debilitado por el hambre. Mi reacción cambió por completo, como la oscuridad cuando aparece el amanecer.
Te levanté entre mis brazos y revisé que no tuvieras heridas. Luego te alimenté y cuidé durante horas. Fue entonces cuando descubrí en tus ojos dos pequeños universos en movimiento, brillando con tonos esmeralda.
Con el paso del tiempo te convertiste en parte de nuestra familia. Presenciaste la construcción de nuestra nueva casa y estuviste sentado en el automóvil desde el primer día en que llegó.
Compartiste cumpleaños, reuniones y momentos felices, como si también comprendieras que eras uno más entre nosotros. Quizá disfrutabas aquellos días porque siempre aparecía más carne y todos terminábamos compartiendo contigo.
Fueron cinco años llenos de travesuras y alegría. Te gustaba subir a lugares altos, explorar cada rincón y observarlo todo con esa curiosidad silenciosa que te hacía diferente.
Pero un día desapareciste.
Te busqué por el patio, por las calles cercanas y hasta en los techos vecinos. Te llamé durante días, luego semanas y finalmente meses, pero nunca regresaste.
Tiempo después ocurrió una inundación por el desborde del río cercano a nuestra casa. Las calles quedaron destruidas y muchas familias sufrieron pérdidas. En medio de todo aquello, mi preocupación seguía siendo la misma: pensar que tal vez aún estabas afuera, solo y luchando por sobrevivir.
Pasaron dos años.
Cada noche comenzaban a escucharse ruidos sobre los techos de calamina. Parecía que algún animal caminaba lentamente en la oscuridad, aunque jamás emitía otro sonido. Entonces recordé algo especial de ti: nunca maullabas como los demás gatos. Desde pequeño eras silencioso, como si hubieras aprendido a vivir conversando únicamente con la mirada.
A la mañana siguiente decidí esperar junto al amanecer para descubrir el origen de aquellos pasos nocturnos.
Y entonces te vi. Después de tantos años, mis ojos se llenaron de lágrimas como lluvia torrencial. Allí estabas: más delgado, más cansado, pero seguías siendo tú.
—Mashu… ven, Mashu…
No querías bajar. Quizá dudabas; quizá el tiempo también había dejado heridas en ti. Sin embargo, cuando abrí una lata de atún y el aroma llegó hasta el techo, descendiste lentamente. Reconocí tus manchas naranjas y blancas, tu caminar pausado y tu silencio inconfundible.
Habías vuelto a casa.
Comprendí entonces que jamás abandonaste a tu familia. Durante dos años luchaste por sobrevivir y encontrar el camino de regreso.
Pero el tiempo también había dejado huellas sobre tu cuerpo.
Estabas envejecido, enfermo y débil. La comida ya no te hacía bien y apenas tenías fuerzas para caminar.
Una fría mañana de invierno te encontré tendido en el pasillo de la casa. No respirabas con normalidad y tu pequeño cuerpo apenas reaccionaba. Te tomé entre mis brazos y corrí hacia el veterinario. El trayecto era largo y el tráfico parecía interminable.
Mientras avanzábamos, hablé contigo durante todo el camino. Te hablé de mi vida, de mis problemas y de lo difícil que puede ser el mundo. También te di las gracias. Gracias por regresar. Gracias por hacerme entender que jamás debemos abandonar a los miembros de la familia; que debemos dejar de lado el orgullo y la envidia; que, a veces, uno deja de pensar solo en sí mismo y aprende a priorizar el bienestar de quienes ama. Gracias por enseñarme que a la familia nunca se la abandona.
En aquel último viaje volví a mirar tus ojos. Seguían allí esos dos pequeños universos brillando con ternura, aunque cada vez más apagados. Quise que me respondieras. Quise escuchar, aunque fuera un pequeño sonido. Pero permaneciste en silencio, como siempre.
Entonces comprendí que habías entregado toda tu vida por volver a nosotros. Pasaste años luchando afuera y, cuando finalmente encontraste el camino a casa, permaneciste junto a tu familia hasta el último latido de tu corazón.
Finalmente cerré tus ojos y me despedí de ti.
Y desde aquel día entendí que incluso el ser más pequeño puede enseñarnos el significado más grande del amor y la lealtad.
Autor: Vidal Ronald Huamán Yurivilca