versos rotos
La poesía es el cristal a través del que miro.
LOS PAISAJES DE ANA
I
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Caía la noche, y empezaban a dibujarse las primeras sombras sobre las aceras. Los pocos transeúntes que quedaban, se apresuraban a llegar a donde fueran, porque el fresco de la tarde comenzaba a convertirse en frio.
Desde la ventana tenía asegurada la visibilidad de las cuatro calles que desembocaban en la pequeña plaza, y aunque los cristales empezaban a vestirse con un fino velo de vaho, todavía se distinguían los rostros de quienes pasaban cerca.
Una joven pareja se detuvo justo al otro lado del cristal, hablaban mirándose ambos a los ojos, como aquellas parejas que todavía no se esconden nada, luego se unieron en un beso que se me figuró enamorado y se perdieron calle abajo, de la mano.
Les seguí con la vIsta, tan ensimismado que el camarero tuvo que sacarme de mi abstracción, tocándome el hombro.
- su te, señor.
Me disculpé y tomé entre las manos la taza, agradeciendo su tibieza.
Instintivamente busqué de nuevo el reloj de mi muñeca, aún sabiendo que apenas habrían pasado unos minutos desde que lo miré la última vez.
Con el tintineo de la cuchara en la taza, recordé la escueta conversación que me había deparado estar en aquella pequeña tetería esa tarde. Su voz había sonado serena, casi era un susurro:
-Hola javier, soy Ana, he pensado que tienes razón y que tomarnos un té mañana tarde y vernos no tiene porqué ser ningún problema.
Desde luego, no esperaba la llamada, y mucho menos que accediera a mis anteriores peticiones.
Hacía semanas que veníamos pasándonos mensajes y enviándonos pequeños relatos cuya única finalidad era descubrirnos un poco el uno al otro, o disfrazarnos de lo que somos, quién sabe.
- Estoy seguro que vernos solo puede ser positivo. (Le contesté, intentando que mi afirmación no pareciera presuntuosa), mañana tarde a partir de las siete estoy enteramente a tu disposición.
- ¿Pues quedamos a las ocho en la tetería de tus relatos, te parece?
-Me parece perfecto.
Tres semanas atrás, como siempre ocurre, por casualidad o por causalidad, recibí un correo felicitándome por la conferencia que acababa de dar en la universidad, sus halagos hacia mi consiguieron ruborizarme, debo confesarlo, por lo que me vi en la obligación de responderle agradeciéndole sus elogios. De un correo surgió otro, y otro más y en un tercero recibí un micro relato en el que me invitaba a contestar, y lo hice con la sensación de quien inicia un juego inocente.
El contenido de su relato rayaba entre lo surrealista y la metafísica, pero jugaba con las palabras con pulcritud y a veces hasta con descaro, su historia me invitó a darle continuidad y de allí a la cita de hoy han viajado por la red, de su teclado al mío, dieciséis relatos, encadenados pero no sujetos a reglas.
Convinimos mutuamente no enviarnos fotos nuestras, aunque ella si me había visto en la universidad y en eso llevaba ventaja, por lo que yo debía esperar en aquella esquina de la tetería, que varias veces le había descrito en mis relatos, y ella se me presentaría a la hora convenida.
Yo había ido con más de media hora de antelación, pues la tarde en el despacho se me estaba haciendo eterna y me obsesioné con que alguien pudiera ocupar mi mesa y el encuentro fracasara.
He de confesar que mi relación con el otro sexo no ha sido nunca demasiado prolífica, tras mi divorcio ocho años atrás, apenas había salido con dos o tres mujeres, amigas casi todas de mi entorno laboral, mas como distracción que como objetivo de consolidar nada. Dejé que el trabajo me absorbiera poco a poco y traté de no esforzarme en quebrantar mi solitaria vida, probablemente más por pereza que por convicción.
Pero ahora Ana había conseguido que mi estómago sufriera los nervios inquietos de quien anhela que su primera cita salga bien, no recordaba cuanto tiempo hacía que no sentía aquella sensación, similar a cuando me subo al atril para presentar un libro muevo o dar una conferencia... pero distinto.
Una mujer paró en la puerta y parecía buscar a alguien con la mirada, apenas era ya una silueta porque la noche había caído y la tenue luz que anunciaba el local no alcanzaba a disipar las sombras. Me esforcé buscando detalles que me desvelaran su físico pero apenas distinguí la media melena de un cabello oscuro, moviéndose suavemente sobre el pelo de un voluminoso abrigo. Espero sea sintético pensé.
Un camarero le abrió la puerta, cruzaron dos frases y la mujer se fue por donde vino, miré de nuevo el reloj, que marcaba menos diez, y pensé que diez minutos era una eternidad.
Extraña sensación tan dado yo a la paciencia, a aprovechar para llenar el tiempo que otros llaman muerto con circunloquios y servilletas repletas de anotaciones. Pero ahora la mente divagaba sin coherencia alguna, igual contando las vueltas de la cucharilla que imaginando las conversaciones de los pocos clientes que a esas horas buscaban el cobijo de un buen té de hierbas calentito.
Intentaba no pensar en la cita para evitar hacerme conjeturas acerca de mi desconocida admiradora, Muy poco sabía de ella, le gustaba leer, jugar a veces a escritora, mas por diversión que vocación, le apasionaba la música y jugar a descubrir la personalidad de las gentes, lo cual me causó asombro e inquietud a partes iguales.
Sentía curiosidad por saber cuál era su impresión de mi, aunque hasta ahora solo me conocía de un par de conferencias, la lectura de mis dos últimos libros y los relatos que le he ido enviando, ¿me estaba precipitando dando por sentado que ya tenía un juicio sobre mi? seguramente.
Levanté la taza para beber cayendo en la cuenta de que no quedaba más té, y que no tenía conciencia de habérmelo bebido. Levanté la vista buscando al camarero y al hacerlo reparé en el reloj que presidia la pared opuesta a mí, llevaba parado años, y esa noche sin embargo marcaba las ocho menos dos minutos, miré mi reloj y confirmé que en él ya eran las ocho.
Me apremió la necesidad de ir al baño, pero ¿y si justo entonces llegaba ella?,no había elección, la incontinencia, debido a los nervios era manifiesta, me dirigí con urgencia a satisfacer la imperiosa necesidad fisiológica con la esperanza que se retrasara unos minutos.
Al regresar a la mesa comprobé que el camarero había retirado la taza, pero nadie parecía haber entrado en mi ausencia, al menos que estuviera al alcance de las mesas contiguas y la barra.
Me senté de nuevo, las ocho y cinco.
¿Había sido buena idea quedar con ella, no hubiera sido mejor mantener la relación en el estado inicial? inventarnos un mundo paralelo donde cada relato nos sugiriera paisajes de música, colinas verdes, rebosantes de coloridos versos que pastaban por doquier... recordé su descripción de un ocaso a orillas de un pequeño embarcadero donde nuestras sombras se alargaban sobre placidas aguas a medida que la luna vencía la diurna luz.
La puerta del establecimiento se abrió y no pude evitar sentir una aceleración de mi pulso. Una mujer cruzó el quicio y miró hacia donde yo estaba, sonrió ligeramente y avanzó hacia mí.
Vestía traje de chaqueta y falda, del color que llaman burdeos, por el vino imagino.
Era esbelta, bajo la chaqueta se adivinaba una blusa blanca, aunque la alzada de las solapas le tapaban el cuello, un cuerpo delgado pero sin excesos daba paso a unas piernas que se presumían bien formadas, la falda permitía ver de rodillas para abajo unas medias muy caladas y unos zapatos no muy altos color crema, supongo que conjuntando con el pequeño bolso de mano que sostenía en su izquierda, en la derecha adiviné las tapas de mi último libro.
Su rostro era sereno, maquillada tan someramente que apenas distinguía el color rojo de su carmín, y quizá el contorno de sus expresivos ojos marrones que ahora me miraban fijamente.
Tenía la tez morena y el pelo recogido atrás dejaba entrever un largo cabello castaño oscuro.
Debe ser mucho más joven que yo, pensé. No debe pasar en mucho los cuarenta (Yo ya había recibido el medio siglo).
Me levanté y pude comprobar que, si se descalzara sería prácticamente de mi estatura porque al acercarme a ella comprobé que me pasaba ligeramente.
-¿Ana?
-Claro, contestó riendo y mostrando el libro.
Sentí fría su mejilla al besarla, y supuse que habría venido caminando un trecho.
-¿Quieres algo caliente?
- Si por favor, no esperaba tanto frio y creo que me abrigué poco.
- ¿Un té verde de hierbas o un café con leche quizás?
- no, estando en una tetería me parecería un despropósito tomar café.
Pedí al camarero que nos trajera dos tés y me senté frente a ella. No pudimos evitar que nuestras miradas se encontraran y ninguno de los dos parecía decidido a desviarla, recordé el pequeño embarcadero, al final de la colina donde pastaban multitud de versos cuyo rumiaje sonaba a sonata dulce del nocturno Op. 9 de Chopin.