Con la herrumbrosa llave que fuerza los portalones hacia el infinito,la introduzco en la cerradura de acero.Abro las puertas y,para espejismo de salvaje horror,observo una obscuridad penetrante,cargada de voces con tono de lástima y conmiseración eternas.Me echo hacia atrás e intento cerrar la malévola abertura de nuevo.Pero ya es tarde.Los espíritus de los difuntos zarandean de furia mi agusanada alma de servil lacayo del Señor.Intento gritar.Pero un vaho de mortandad serpentea por mi boca,que la deja seca en el mustio paladar.Entonces,vuelvo a asomarme suicida a la guarida de plateado semblante de defunción.Y para mi estupefacción ya no hay nada.Sólo un río glorioso de azul esmeralda que lleva a un castillo regio de soberbios alminares y que se me antoja la guarida sempiterna de Lucifer.