Los prisioneros

Guille Betancourt

Poeta recién llegado
Cuando el rayo del bosque echó por tierra sin vida a su hermano Ciro, Marco se encerró en la más apartada torre de su palacio para sajar con su espada los impasibles días, hasta que el viento inmóvil fuera más poderoso que el acero. En el goteo continuo de las horas, el príncipe imploró a los dioses la merced de ver a su hermano al menos una vez más, bajo promesas de ayuno y de destierro.

Conmovidos, los númenes no aceptaron las palabras de Marco, y le ofrecieron al joven encontrarse con su hermano todos los años durante dos horas, el día del inicio del invierno, en el propio lugar en donde Ciro había muerto.

Marco entonces trocó su llanto de amargura en uno de alegría y gratitud. Algunos meses faltaban aún, pero el joven príncipe los dispuso de modo que cada uno de sus días le trajera gozosos anuncios de la visita de su hermano muerto. Cuando al fin fueron declinando los últimos latigazos del sol, y el silencioso amarillo de las hojas dio paso a los primeros soplos de hielo, los dos hermanos, entre profundos sollozos y solemnes juramentos, pudieron abrazarse de nuevo.

Dos horas no fueron suficientes para abarcar tantas lunas de soledad, y Marco regresó afligido a su palacio, pero mimado por la esperanza de reencontrarse con Ciro el próximo invierno. Ya le daría noticias sobre la caza del ciervo, y le pediría consejos sobre la guerra y el amor.

Sin embargo, en ese tiempo Marco hubo de tomar decisiones tremendas sin el apoyo de Ciro. Su ejército fue derrotado en las campañas del Sur, y solo a costa de grandes penurias logró repeler a los nómadas invasores ante las puertas mismas de la capital. El día del añorado encuentro, Ciro trató sin éxito de convencer a Marco de la validez de estrategias ya probadas por este como inútiles, mientras que el vivo no hallaba ni el tiempo ni las maneras para explicar a su hermano las miles de pequeñas pero decisivas circunstancias (traiciones, nevadas a destiempo, barruntos de epidemias) que habían hecho imposible la victoria. Se separaron inconformes.

Encuentros parecidos se sucedieron durante los próximos años. Ciro hablaba a su hermano desde la visión de los días de su muerte; le recomendaba alianzas ya inadmisibles, y con cariño recordaba a traidores de largo descuartizados. Marco se llenaba de cólera y paciencia, pues mucho le dolía desperdiciar el tiempo con su hermano en explicaciones que él consideraba sin valor; en cambio, se desviaba hacia frivolidades que a Ciro poco interesaban, sazonando la conversación con nombres que al muerto se le desvanecían en la memoria.

Un año llovió tanto que Marco no pudo acudir a la cita. Los hermanos debieron soportar una doble espera solo para percatarse con tristeza de que ya no tenían casi nada que decirse. Una hora, luego de la cual ninguno de los dos se hallaba cómodo, les bastó para resumir dos años de dolor y de esperanza, si bien Ciro asumió con más nostalgia la partida, a causa de su larga soledad. Marco tenía la mente ocupada en su familia.

Algunos inviernos, Marco cambió la lluvia por el olvido. Además del fastidio que en ocasiones le causaba la entrevista, le molestaban sobremanera las explicaciones que, por su causa, debía dar a su esposa, a sus hijos, a los ministros que lo reclamaban por asuntos urgentes.

Una noche, un ángel se le apareció a Marco para llevarlo, en sueños, a los lejanos días de su niñez. Largamente jugó a las espadas con su hermano; con gozo sin par, los dos príncipes robaron miel y panes recién horneados, y plenos de seriedad infantil, se lanzaron a la conquista de un gallinero. Marco fue feliz como jamás habría de volver a serlo en la vigilia. A la hora de despertar (que el ángel demoró unos segundos para que los hermanos niños pudieran abrazarse), Marco había olvidado el sueño; solo le quedaba una inasible sensación de dicha, aun en la abrumadora certeza que le había traído la mañana de que, ahora sí, Ciro había muerto para siempre.
 
Cuando el rayo del bosque echó por tierra sin vida a su hermano Ciro, Marco se encerró en la más apartada torre de su palacio para sajar con su espada los impasibles días, hasta que el viento inmóvil fuera más poderoso que el acero. En el goteo continuo de las horas, el príncipe imploró a los dioses la merced de ver a su hermano al menos una vez más, bajo promesas de ayuno y de destierro.

Conmovidos, los númenes no aceptaron las palabras de Marco, y le ofrecieron al joven encontrarse con su hermano todos los años durante dos horas, el día del inicio del invierno, en el propio lugar en donde Ciro había muerto.

Marco entonces trocó su llanto de amargura en uno de alegría y gratitud. Algunos meses faltaban aún, pero el joven príncipe los dispuso de modo que cada uno de sus días le trajera gozosos anuncios de la visita de su hermano muerto. Cuando al fin fueron declinando los últimos latigazos del sol, y el silencioso amarillo de las hojas dio paso a los primeros soplos de hielo, los dos hermanos, entre profundos sollozos y solemnes juramentos, pudieron abrazarse de nuevo.

Dos horas no fueron suficientes para abarcar tantas lunas de soledad, y Marco regresó afligido a su palacio, pero mimado por la esperanza de reencontrarse con Ciro el próximo invierno. Ya le daría noticias sobre la caza del ciervo, y le pediría consejos sobre la guerra y el amor.

Sin embargo, en ese tiempo Marco hubo de tomar decisiones tremendas sin el apoyo de Ciro. Su ejército fue derrotado en las campañas del Sur, y solo a costa de grandes penurias logró repeler a los nómadas invasores ante las puertas mismas de la capital. El día del añorado encuentro, Ciro trató sin éxito de convencer a Marco de la validez de estrategias ya probadas por este como inútiles, mientras que el vivo no hallaba ni el tiempo ni las maneras para explicar a su hermano las miles de pequeñas pero decisivas circunstancias (traiciones, nevadas a destiempo, barruntos de epidemias) que habían hecho imposible la victoria. Se separaron inconformes.

Encuentros parecidos se sucedieron durante los próximos años. Ciro hablaba a su hermano desde la visión de los días de su muerte; le recomendaba alianzas ya inadmisibles, y con cariño recordaba a traidores de largo descuartizados. Marco se llenaba de cólera y paciencia, pues mucho le dolía desperdiciar el tiempo con su hermano en explicaciones que él consideraba sin valor; en cambio, se desviaba hacia frivolidades que a Ciro poco interesaban, sazonando la conversación con nombres que al muerto se le desvanecían en la memoria.

Un año llovió tanto que Marco no pudo acudir a la cita. Los hermanos debieron soportar una doble espera solo para percatarse con tristeza de que ya no tenían casi nada que decirse. Una hora, luego de la cual ninguno de los dos se hallaba cómodo, les bastó para resumir dos años de dolor y de esperanza, si bien Ciro asumió con más nostalgia la partida, a causa de su larga soledad. Marco tenía la mente ocupada en su familia.

Algunos inviernos, Marco cambió la lluvia por el olvido. Además del fastidio que en ocasiones le causaba la entrevista, le molestaban sobremanera las explicaciones que, por su causa, debía dar a su esposa, a sus hijos, a los ministros que lo reclamaban por asuntos urgentes.

Una noche, un ángel se le apareció a Marco para llevarlo, en sueños, a los lejanos días de su niñez. Largamente jugó a las espadas con su hermano; con gozo sin par, los dos príncipes robaron miel y panes recién horneados, y plenos de seriedad infantil, se lanzaron a la conquista de un gallinero. Marco fue feliz como jamás habría de volver a serlo en la vigilia. A la hora de despertar (que el ángel demoró unos segundos para que los hermanos niños pudieran abrazarse), Marco había olvidado el sueño; solo le quedaba una inasible sensación de dicha, aun en la abrumadora certeza que le había traído la mañana de que, ahora sí, Ciro había muerto para siempre.
Una interesante historia.

Saludos
 
Interesante narración bien llevada desde esa nostalgia del hermano. Placentera lectura.

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