emiled
Poeta adicto al portal
LOS SENDEROS DEL FIN DEL MUNDO (dedicado a la memoria de Arthur Rimbaud)
I-La voz del trueno
Primeramente, juntáronse las nubes del azul del éter como
dando paso a la lluvia, señora y majestad del cielo.
Creí, mirando como las entrañas del mar se agitaban,
entre la rabiosa espuma y la cresta de las olas abrumadoras
que la Tierra temblaba, así como sollozaba el fondo del abismo.
Y, como descendiendo de un carro espolvoreado de oro,
esparciendo en el aire perfumes de lirios y gotas de ambrosia;
bajó montado en un haz de luz un hermosísimo pájaro.
Posado en un tridente de bronce entonó una lúgubre música;
todos oyeron atónitos, hasta el enorme Leviatán escuchó atento.
¡Escuchaban la solemne armonía! Aquélla música removió las mieses,
y el arco refulgente y el puro algodón de las nubes con furia se crisparon;
así la lluvia se apresuró a precipitar los pálidos refugios otoñales.
Y llovía, y por entre la maleza del campo y los retoños resecos,
así habló retumbando una voz, los lirios y las frondas temblaron:
-Hemos de caer antes del crepúsculo, oh joven, de vuelta a éstos miasmas;
antes de que amaine la tormenta, o los vientos furiosos cesen,
estaremos de vuelta aquí; pero ahora has de volar conmigo por las llanuras.
Así habló el trueno, con su voz de luz tronando en los aires,
y, como un ave o un demonio alado, emprendí el vuelo por las altísimas montañas.
II- El río inquieto (el olvido)
Un río cuyas aguas se movían como danzando, primero vimos.
Anchísimo cual Nilo y transparente cual famoso Leteo,
siempre estaba encerrado en movimientos tumultuosos y convulsivos.
Era su brillo como el del cristal más puro, como el del zafiro,
y seguía su curso interminable por los montes extensos.
Sus aguas fluían agitadamente por el camino serpenteado,
las orillas estaban corroídas por el eterno reflujo del río.
El aire fresco palidecía las hierbas que tan altas crecían al costado;
Pero éstas no perdían su vivo color ni su temple elevado,
Siempre se mantenían erguidas como para la atenta mirada del río.
Yo nada entendía de aquello, de aquél extraño lugar;
Aquél lago transparente era el reflejo de mi alma ¡Había sabido del olvido!
¡Había olvidado lo que era el hermoso palacio del alma!
Este río estaba instalado allí como un mar hecho para los dioses,
pero en su seno se agitaban refulgentes cofres de valores inalcanzables.
III- El valle impasible (la muerte)
Después vimos ¡Oh trueno! Donde concluía aquél extraño río
y rodeado de inmensos montes y majestuosos acantilados,
un bosque cuya lobreguez fluía como el agua en los manantiales.
El Bóreas soplaba con los árboles con tanta furia y violencia,
que ningún ave podía edificar su nido en los ramajes.
Allí vi, en una macabra danza quizás dirigida por el demonio,
a millares de espíritus que de los pálidos árboles salían.
Y gritaban, bailando al ritmo de una funesta sinfonía.
Macabra señal: como títeres colgaban miles de cadáveres
ya resecos, y el vil suelo se manchaba con el hedor de sus podredumbres.
Aquél valle exhalaba las señales de la muerte y el invierno;
el letargo del tiempo se ensañaba en las quietudes del presente.
Nada más diré de ese bosque desolado y horroroso cual sepulcro;
ya debíamos partir, arrimándonos a las orillas del fin del mundo,
en donde los fulgores son tan intensos que el pensamiento palidece.
III- Los senderos del fin del mundo (la elección)
Después de sobrevolar inmensos manantiales y cascadas de eterno humo,
en donde, según dicen, viven los pensamientos humanos,
aparecimos en la cúspide de una elevadísima montaña
y, esforzando un poco la visión para ver por entre las espesas nieblas,
observé las retoños del mundo, los más alejado bosques y campos.
Estábamos en el fin del mundo, en la misteriosa y lejana orilla del tiempo.
Allí noté los bruscos cambios de las horas y las temperaturas;
El frío y el calor mas intensos convivían con los vientos y las tempestades.
Era ya de noche, y las Pléyades brillaban en el arco del cielo
con mas intensa lumbre que los faros marítimos mas resplandecientes.
Por debajo de las curvas y pendientes de la gran montaña
vi dos larguísimos caminos separados en direcciones diferentes.
Según creí ver, uno conducía a conocer los santos fulgores del alba;
el otro sendero llevaba a sombríos lugares cubiertos de sombras
y horrores, plagados de interminables noches.
-Deberás elegir entre estos dos senderos (dijo el trueno);
el mas claro y de grandes luces representa el bien,
el otro mas oscuro el mal; entre éstos elegirás.
Sólo esto dijo, y tronó hasta hacer temblar los cimientos del monte;
luego desapareció de mi vista, como si fuera una estrella fugaz.
Quedé sumido en un letargo que adormeció mis sentidos y el tiempo;
después recordé con pesar cuan lejos me hallaba del mundo,
y cómo aquél río y el valle que había divisado reflejaban mi alma.
Caminando por las orillas de esos lúgubres lugares,
proseguí mi camino, sin remordimientos, por el sendero mas oscuro.
-Emiliano Ruiz Diaz-
::
::