Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Los tesoros del Mikado
Este es un poema rápido,
veloz y desmedido;
rápido porque se escapa,
veloz por relativo;
y desmedido,
por no haber tapa,
ni haber motivo
para unas letras,
cuyo horizonte
línea solapa,
cuando se palpa
sólo unas tretas
si en todo monte
montañas pido.
El modo de ser de las cosas
de forma eidética existe,
pero como sustancia
comprendida por su eido
no las podemos tocar.
Cuentan las gentes del pueblo
que había una bruja llamada Isenda,
cuyas pócimas y remedios
curaban de los males demonios
a los malos enfermos,
y a los buenos llevaban
a lugares de infierno.
Dicen que un buen caballero
le ofreció a cierta dama,
los tesoros y alhajas,
los secretos del bosque agorero.
Entre ellos había una vara,
y también un vasto puchero;
una máscara cara
y unos polvos de acero;
unas medias ralladas,
un látigo espada,
y un vestido de cuero.
En las noches proscritas
gritaba el viril Godofredo,
diciendo: más palo mamita,
más fuerza en tu dedo,
más nervio en la cuita,
que me lleve hasta el cielo
Isenda le dio tal paliza,
que dejó al mozo paso
y cogió el san trucado;
desde entonces quiso ramiza
e Isenda le dio por el sado.
Una sí y una no,
se veían las caras
como faroles enardecidos;
cuando a mí me tocó,
dije: un momento,
y dejé aquel farol encendido.
Desde entonces soy energía mayor
e ilumino a mis discípulos,
cuando llegue una luz superior,
mis brillos y luces será ridículos
porta velas del pastor,
brillantinas de lo exiguo.
Lo que fueron luces son tinieblas,
lo que nubes, ahora claros,
lo que oscuro, blanco y blanco;
lo que albo, negro selva,
oscuridad que se resuelva
si en la selva soy salvado;
y si no, que me devuelvan
los tesoros del Mikado.