Alvaro Meza
Poeta recién llegado
Antes de acostarme agregaré para mi mente un suplicio de verdades incómodas.
Primero: no soy poeta y no me catalogaré como tal, pues solo escribo y por ende me denomino escritor. Cabe señalar, además, que hasta tan solo unos meses he hecho público alguno de mis escritos que me han abordado por lo menos 8 o 9 años. Por lo que mi experiencia discursiva acerca de críticas constructivas es casi pobre o nula.
Segundo: los anhelos de escribir (lo que sea) arden como un fuego intenso en mi interior y, al coger la pluma, me pueden suceder dos cosas; sale chorreando una embestida furiosa de palabras y signos que no alcanzo ni a comprender si quiera. Y por algunas noches se quedan estas bailando en mi escritorio, volviéndome loco hasta el punto de acribillarlas. Y en el último caso, me enfrento a una imponente lucha contra el incandescente papel blanco que me sumerge en la imaginación malvada y perversa hasta el romanticismo anticuado que a veces me envuelvo en él (por lo general escribo con lápiz y papel). Y sin embargo, cediendo o glorificándome en la batalla, tengo que hacer resonar el sentido intrínseco que aguarda en mis adentros. Como si rescatase poco a poco el tesoro que se oculta en un inmenso mar de universo sin estrellas que hacen desviar mi mente hacia otros continentes.
Esto es claro, deseo jamás apagar o que extingan estos intensos fuegos que me hacen delirar de sentimiento y, a la vez, comprender un poco esta tierra que hace sentir un extranjero.
Tercero: me cuestiono todos los días sobre estas llamas que pugnan en mi pecho. Como si la muerte de mi madre y de mi padre tendría que significar el abandono de estos “sueños pasajeros” que tanto recalca mi abuelo. Pero la cuestión no es el de provocar lastima ni pena (aguarden sus comentarios), sino reflexionar acerca de la pregunta de Charles Bukowski “¿Así que quieres ser escritor? (…) sino te sale de adentro, (…) si tienes que sentarte y reescribirlo una y otra vez, no lo hagas”.
Finalmente, antes de acostarme agregaré que mi mente se está retorciendo por dentro al estar leyendo y reescribiendo estas palabras que hace unos segundos me sonaban huecas.
Primero: no soy poeta y no me catalogaré como tal, pues solo escribo y por ende me denomino escritor. Cabe señalar, además, que hasta tan solo unos meses he hecho público alguno de mis escritos que me han abordado por lo menos 8 o 9 años. Por lo que mi experiencia discursiva acerca de críticas constructivas es casi pobre o nula.
Segundo: los anhelos de escribir (lo que sea) arden como un fuego intenso en mi interior y, al coger la pluma, me pueden suceder dos cosas; sale chorreando una embestida furiosa de palabras y signos que no alcanzo ni a comprender si quiera. Y por algunas noches se quedan estas bailando en mi escritorio, volviéndome loco hasta el punto de acribillarlas. Y en el último caso, me enfrento a una imponente lucha contra el incandescente papel blanco que me sumerge en la imaginación malvada y perversa hasta el romanticismo anticuado que a veces me envuelvo en él (por lo general escribo con lápiz y papel). Y sin embargo, cediendo o glorificándome en la batalla, tengo que hacer resonar el sentido intrínseco que aguarda en mis adentros. Como si rescatase poco a poco el tesoro que se oculta en un inmenso mar de universo sin estrellas que hacen desviar mi mente hacia otros continentes.
Esto es claro, deseo jamás apagar o que extingan estos intensos fuegos que me hacen delirar de sentimiento y, a la vez, comprender un poco esta tierra que hace sentir un extranjero.
Tercero: me cuestiono todos los días sobre estas llamas que pugnan en mi pecho. Como si la muerte de mi madre y de mi padre tendría que significar el abandono de estos “sueños pasajeros” que tanto recalca mi abuelo. Pero la cuestión no es el de provocar lastima ni pena (aguarden sus comentarios), sino reflexionar acerca de la pregunta de Charles Bukowski “¿Así que quieres ser escritor? (…) sino te sale de adentro, (…) si tienes que sentarte y reescribirlo una y otra vez, no lo hagas”.
Finalmente, antes de acostarme agregaré que mi mente se está retorciendo por dentro al estar leyendo y reescribiendo estas palabras que hace unos segundos me sonaban huecas.