Pablo Londoño Larrea
Poeta recién llegado
Los viejos
El reloj canta y nos hacemos viejos.
-Me aterra el estertor de los pechos malditos,
la flema, el sudor, el animar perplejo,
la muerte vehemente y su llamar a gritos.
Tic, tac, el canto bello y rutinario,
que sucumbe en el tedio de los años pasados,
que repite mil veces el rezar del rosario
y, que oye a lo lejos al pífano hechizado.
Cuando los años pesan sobre nuestros hombros
y nos obligan a mirar al pavimento,
hacemos reverencia cerrando los ojos,
mostrando sumisión al inmutable tiempo.
Todo pueblo ignora nuestras grandes hazañas
vive disfrutando cual si fueran sus logros,
tejen la gran red, ¡Oh malditas arañas!,
donde nos cautivan y gozan nuestros lloros.
En la mejilla, el bofetón de la ingrata vida,
en la mente, el recuerdo de sueños realizados,
en el viento, los perfumes de eternas agonías,
y en el rostro, los surcos que el tiempo ha labrado.
Vulnerant omnes, ultima necat
Pablo Londoño Larrea
El reloj canta y nos hacemos viejos.
-Me aterra el estertor de los pechos malditos,
la flema, el sudor, el animar perplejo,
la muerte vehemente y su llamar a gritos.
Tic, tac, el canto bello y rutinario,
que sucumbe en el tedio de los años pasados,
que repite mil veces el rezar del rosario
y, que oye a lo lejos al pífano hechizado.
Cuando los años pesan sobre nuestros hombros
y nos obligan a mirar al pavimento,
hacemos reverencia cerrando los ojos,
mostrando sumisión al inmutable tiempo.
Todo pueblo ignora nuestras grandes hazañas
vive disfrutando cual si fueran sus logros,
tejen la gran red, ¡Oh malditas arañas!,
donde nos cautivan y gozan nuestros lloros.
En la mejilla, el bofetón de la ingrata vida,
en la mente, el recuerdo de sueños realizados,
en el viento, los perfumes de eternas agonías,
y en el rostro, los surcos que el tiempo ha labrado.
Vulnerant omnes, ultima necat
Pablo Londoño Larrea