Gustavo Soppelsa
Poeta recién llegado
Descendés, eterna,
de los barcos de la memoria,
vas sin ornamentos
por mi historia:
tenés en la mano
todavía
el volumen inmóvil
del alienado
al que Lou Andreas Salomé
le arrancó
la arteria central del corazón,
le amputó la ilusión
y a ambas
las arrojó al desdén.
¿Has olvidado la anécdota?
La de la mujer
infranqueable,
que le dice
en su carta homicida
de su admiración y su asco.
El alucinado
ya no habla con ella,
sino con los misericordiosos
de las tabernas,
tambaleando su agonía,
sobre la piel tersa
de la ajetreada Italia.
Su fantasma me mira
en la noche fría
de tu recuerdo:
no supiste nunca
matar con cartas,
como Lou Andreas.
Nunca supiste matar
de amor
al que te amaba.
Nunca apuñalaste el afecto.
Nunca deseaste matarme.
Nunca deseaste matarte.
de los barcos de la memoria,
vas sin ornamentos
por mi historia:
tenés en la mano
todavía
el volumen inmóvil
del alienado
al que Lou Andreas Salomé
le arrancó
la arteria central del corazón,
le amputó la ilusión
y a ambas
las arrojó al desdén.
¿Has olvidado la anécdota?
La de la mujer
infranqueable,
que le dice
en su carta homicida
de su admiración y su asco.
El alucinado
ya no habla con ella,
sino con los misericordiosos
de las tabernas,
tambaleando su agonía,
sobre la piel tersa
de la ajetreada Italia.
Su fantasma me mira
en la noche fría
de tu recuerdo:
no supiste nunca
matar con cartas,
como Lou Andreas.
Nunca supiste matar
de amor
al que te amaba.
Nunca apuñalaste el afecto.
Nunca deseaste matarme.
Nunca deseaste matarte.