Z. Gómez
Poeta recién llegado
Luna Nueva
Tú no sabes, quizá, el efecto
por la ausencia de tus ojos en mi patio;
pero hoy al regresar a buscar tu aroma
-como siempre-
en las hojas caídas de los árboles,
me he sentido como un perro
al que se le ha muerto el amo;
y mi olfato se ha perdido con el viento
que se va licuado entre esas hojas.
Tú no conoces de humedades
dejadas por la lluvia sobre el pasto,
llevándose la esencia que me había inyectado
tu mirada...
y hoy el agua la ha arrasado toda
-toda, toda, arrasóla-.
Me encierro ahora en este cuarto
donde siempre me buscabas
al llegar el sol del mediodía;
e intento dibujarte a contraluz
sobre el vano de la puerta,
mientras tu sonrisa vaticina
la humilde petición de todas las mañanas.
Y entonces me vuelvo un lobo diurno
aullando inútilmente
las letras de tu nombre
al tiempo que construyo el
Altar del Cielo.
Me refugio en el placebo
provocado a la memoria
de tus pies descalzos;
y de aquella reverencia que te hice
al cubrirlos con amor ante tu dios.
Mi última plegaria es frente al ancla
que el hada junto a una cruz
me regaló.
Pero ahora sólo me hunde más
en esta maldita oscuridad
convertida en ácido sobre mis huesos.
¿Algún día te darás cuenta
de toda la tierra que sacaste de mi tumba?
Y es que aquí el cenit ya fue flechado
desde hace horas
y nunca me atreví a hacerte
la mágica pregunta:
Dime, niña, si para alumbrar mis noches
alguna vez querrás tú acaso ser
mi luna...
Tú no sabes, quizá, el efecto
por la ausencia de tus ojos en mi patio;
pero hoy al regresar a buscar tu aroma
-como siempre-
en las hojas caídas de los árboles,
me he sentido como un perro
al que se le ha muerto el amo;
y mi olfato se ha perdido con el viento
que se va licuado entre esas hojas.
Tú no conoces de humedades
dejadas por la lluvia sobre el pasto,
llevándose la esencia que me había inyectado
tu mirada...
y hoy el agua la ha arrasado toda
-toda, toda, arrasóla-.
Me encierro ahora en este cuarto
donde siempre me buscabas
al llegar el sol del mediodía;
e intento dibujarte a contraluz
sobre el vano de la puerta,
mientras tu sonrisa vaticina
la humilde petición de todas las mañanas.
Y entonces me vuelvo un lobo diurno
aullando inútilmente
las letras de tu nombre
al tiempo que construyo el
Altar del Cielo.
Me refugio en el placebo
provocado a la memoria
de tus pies descalzos;
y de aquella reverencia que te hice
al cubrirlos con amor ante tu dios.
Mi última plegaria es frente al ancla
que el hada junto a una cruz
me regaló.
Pero ahora sólo me hunde más
en esta maldita oscuridad
convertida en ácido sobre mis huesos.
¿Algún día te darás cuenta
de toda la tierra que sacaste de mi tumba?
Y es que aquí el cenit ya fue flechado
desde hace horas
y nunca me atreví a hacerte
la mágica pregunta:
Dime, niña, si para alumbrar mis noches
alguna vez querrás tú acaso ser
mi luna...
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