Rigel Amenofis
Poeta que considera el portal su segunda casa
Siempre oí decir que para la fusión sexual
era más propicia la noche.
Permítanme diferir de esa opinión.
Prefiero el fulgor diurno,
y si acaso se da en la noche,
se debe amueblar la habitación,
con luz, rosas, perfumes,
y por supuesto el tálamo.
La luz me permite observar tu belleza,
puedo contemplar la perla oscura
en el cenit de tu enhiesta redondez;
el jardín del pubis,
que esconde el núcleo del deseo
y su cortejo de delicias.
Mis ojos te recorren como paisaje nuevo,
y la pasión crece
cuando a tu hermosura
la vistes de insinuación.
Si de noche fuera,
yo sería como un ciego
al que describen el encanto de un vergel
y extiende la mano,
tocando solo la tersura de los pétalos,
o aspira la fragancia del ambiente....
Cuando la luz es testigo,
tu hermosura se troca
en aurora para mis sentidos;
te veo, y acaricio la parte más bella
de tu cuerpo en ese momento,
te miro, y mis labios paladean
la ambrosía de tu piel;
te contemplo, y mi olfato recibe los efluvios
que emana tu voluptuosa turgencia,
te observo, y mis oídos
captan la música de tus gemidos;
pero, sobre todo, puedo
captar la noción de lo estético
que la naturaleza me legó en ti mujer.
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