Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Maestra, donde encontrarte, y como pagarte por llenar los vacios del hogar, por acompañar a los chicos, en los momentos de soledad y dolor, por llenar sus corazones de sabiduría y amor.
MAESTRA DE LA GENERACIÓN DE LA VIOLENCIA
Su vida la dedicó a sus pupilos,
fue Madre y Maestra,
recorrió años pasillos, llevando
una lección, un consejo, un libro.
Cuando llegó la violencia barrial,
en las épocas del narcotráfico,
en las épocas de Pablo Escobar,
con dolor vio sus muchachos masacrar.
Se sobrepuso al dolor, a la soledad;
Otras generaciones vendrían,
reemplazarían las almas perdidas,
cada día maduraba el arte de enseñar.
Las nuevas generaciones la llenaban de alegría,
la escuela era la razón de su vida,
pero cuando escaseaban los chicos,
sentía que se aproximaba su partida.
Abrigó la esperanza de seguir en las aulas,
todo fue inútil; salió un compañero de los mejores,
y dos y tres ; entonces se llenó de temor,
justo aquel día le llegó la temida notificación.
Sin poder decir adiós a sus estudiantes,
sin una despedida, empacó en una caja
sus pertenencias, con dolor forrado en orgullo,
marchó, secando una lagrima al pasar por las aulas.
Una elegante profesora de gorro azul, sería el reemplazo,
así sin poder decir adiós, sin despedida, sin homenaje,
los jóvenes perdieron la mejor maestra,
esa que la Alcaldía no agasajó,
por haber protegido y acompañado su niñez y juventud
cuando la violencia, campos y ciudades desoló.
MAESTRA DE LA GENERACIÓN DE LA VIOLENCIA
Su vida la dedicó a sus pupilos,
fue Madre y Maestra,
recorrió años pasillos, llevando
una lección, un consejo, un libro.
Cuando llegó la violencia barrial,
en las épocas del narcotráfico,
en las épocas de Pablo Escobar,
con dolor vio sus muchachos masacrar.
Se sobrepuso al dolor, a la soledad;
Otras generaciones vendrían,
reemplazarían las almas perdidas,
cada día maduraba el arte de enseñar.
Las nuevas generaciones la llenaban de alegría,
la escuela era la razón de su vida,
pero cuando escaseaban los chicos,
sentía que se aproximaba su partida.
Abrigó la esperanza de seguir en las aulas,
todo fue inútil; salió un compañero de los mejores,
y dos y tres ; entonces se llenó de temor,
justo aquel día le llegó la temida notificación.
Sin poder decir adiós a sus estudiantes,
sin una despedida, empacó en una caja
sus pertenencias, con dolor forrado en orgullo,
marchó, secando una lagrima al pasar por las aulas.
Una elegante profesora de gorro azul, sería el reemplazo,
así sin poder decir adiós, sin despedida, sin homenaje,
los jóvenes perdieron la mejor maestra,
esa que la Alcaldía no agasajó,
por haber protegido y acompañado su niñez y juventud
cuando la violencia, campos y ciudades desoló.