Mis palabras tuvieron huesos.
Una, dos, tres, y hasta todas
como costillas saltaban, y te arropaban.
Pero un día te desnudaste de mí
y lograste caminar.
Fuimos amigos y enemigos
y en cada encuentro
me fuiste convenciendo
de que el tiempo, dejaría de existir.
Así que íbamos, dueños del mundo
y regresábamos
apunados y huérfanos.
Entonces
sin cambiar la mía, mil caras te di
y te di y te hice y te di
buenos y malos corazones
ojos y almas o te negué
y te quite el alma y los ojos
para agregarme a mí
y aún así sé
¡Sé que te di!
¡De alguna forma te di!
Porque tú siempre
mostrabas el alma y el corazón
hecho de las letras, de aquellas letras
que silenciosa robabas
de lo que no
me atrevía a decir.