Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
El instante palpitaba:
aún la tarde era intensa
y de pronto tú llamaste,
con suavidad, a mi puerta.
Tus ojos, con su sonrisa,
iniciaron el poema
y tus brazos en mi cuello
difuminaron la espera.
Sin preludio nuestras bocas
la sed que tanto desvela
se vaciaban mutuamente
en tanto, calor de seda,
bajo tu blusa, en mis manos,
dejaba tu espalda tersa
sintiendo que de la dama
brotaba...deseo de hembra.
Descalzos sobre la alfombra,
postergando nuestra entrega,
momentos permanecimos
avivando más la hoguera:
bebiéndonos toda el alma
con besos que aún nos queman
cuando a solas nos pensamos
sobre sábanas inquietas.
Quizás marcaba el reloj
no más de las cinco y media
cuando por fin nuestros cuerpos,
en la cama, con vehemencia,
rodaron sin que los labios
hicieran pausa, siquiera,
en la que corriente de besos
que intercambiaban con fuerza.
Tendida sobre la cama,
con la pasión que enajena
tus ropas fui deslizando
por tus brazos y tus piernas.
Tu imagen afrodisiaca
apenas quedó cubierta
por el nocturno matiz
de tus dos… íntimas prendas.
De su cónica prisión,
ambas cúpulas gemelas,
tú misma libres dejaste
en tanto con manos lentas,
hasta tus pies, sin premura,
desde tus tibias caderas
fui descendiendo y saqué
tu último…trozo de seda.
Bajo fulgor estival
ambas cumbres de cereza
mi boca que tiempo hacía
estaba de ellas famélica,
cual halcón depredador
las hizo sápida presa
mientras tu voz emanaba
rumor de marea intensa.
Sobre mi espalda, tus uñas,
sicalípticas abejas,
mordían con ansiedad
mientras tus muslos en delta
cual alborada escindieron
indicándome la senda
que explorar mi sierpe habría
dentro de…espléndida cueva.
Viajando por tu interior
me empapé de tu belleza
cuyas lágrimas fluían
como líquidas estrellas.
Polícromas sensaciones
alumbraron la conciencia
al tiempo que oscurecían
cualquier barrunto de pena.
Dibujamos en el aire
con nuestro murmullo estelas
mientras al cielo viajamos
varias veces…ida y vuelta;
después nos llegó el remanso.
En mi pecho, tu cabeza;
afuera el atardecer
y mi mano…en tu cadera.
aún la tarde era intensa
y de pronto tú llamaste,
con suavidad, a mi puerta.
Tus ojos, con su sonrisa,
iniciaron el poema
y tus brazos en mi cuello
difuminaron la espera.
Sin preludio nuestras bocas
la sed que tanto desvela
se vaciaban mutuamente
en tanto, calor de seda,
bajo tu blusa, en mis manos,
dejaba tu espalda tersa
sintiendo que de la dama
brotaba...deseo de hembra.
Descalzos sobre la alfombra,
postergando nuestra entrega,
momentos permanecimos
avivando más la hoguera:
bebiéndonos toda el alma
con besos que aún nos queman
cuando a solas nos pensamos
sobre sábanas inquietas.
Quizás marcaba el reloj
no más de las cinco y media
cuando por fin nuestros cuerpos,
en la cama, con vehemencia,
rodaron sin que los labios
hicieran pausa, siquiera,
en la que corriente de besos
que intercambiaban con fuerza.
Tendida sobre la cama,
con la pasión que enajena
tus ropas fui deslizando
por tus brazos y tus piernas.
Tu imagen afrodisiaca
apenas quedó cubierta
por el nocturno matiz
de tus dos… íntimas prendas.
De su cónica prisión,
ambas cúpulas gemelas,
tú misma libres dejaste
en tanto con manos lentas,
hasta tus pies, sin premura,
desde tus tibias caderas
fui descendiendo y saqué
tu último…trozo de seda.
Bajo fulgor estival
ambas cumbres de cereza
mi boca que tiempo hacía
estaba de ellas famélica,
cual halcón depredador
las hizo sápida presa
mientras tu voz emanaba
rumor de marea intensa.
Sobre mi espalda, tus uñas,
sicalípticas abejas,
mordían con ansiedad
mientras tus muslos en delta
cual alborada escindieron
indicándome la senda
que explorar mi sierpe habría
dentro de…espléndida cueva.
Viajando por tu interior
me empapé de tu belleza
cuyas lágrimas fluían
como líquidas estrellas.
Polícromas sensaciones
alumbraron la conciencia
al tiempo que oscurecían
cualquier barrunto de pena.
Dibujamos en el aire
con nuestro murmullo estelas
mientras al cielo viajamos
varias veces…ida y vuelta;
después nos llegó el remanso.
En mi pecho, tu cabeza;
afuera el atardecer
y mi mano…en tu cadera.
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