Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mala costumbre
la de no meter el pensamiento
en el horno
cuando está encendido,
no mirar a los ojos de un sapo
cuando se le da un beso,
no atravesar un puente
que carece de vista
y no ve la riada,
una cortina de humo
que no pretende engañarnos
pero sí intoxicarnos.
Mala costumbre
la de pedir en los principios
cuando no hay razón alguna
para la confianza,
cuando los besos no saben
a una carne abierta
por la cual se escapan
los ceros sin ningún uno.
Hay vacíos en la piedra
que aún no reconoce la lágrima
y llora
el devenir de un tiempo
y sus extremidades,
el desvío
del camino de la serpiente
y su dentadura postiza.
Mala costumbre
la del remo
que golpea sin piedad la ola
y le arranca la espuma
como un grito.
Hay dolor en el agua,
hay dolor en la esquina del pecado,
en el fragmento último de esa concha
que batió los récords
de una soledad sin sal.
Mala costumbre
si por el deseo de amarte
te levanto la noche
como si fuera la falda de tu vestido
y te miro las piernas
y desarmo mis manos,
pan desmigajado
en la humedad de tu boca,
en la umbría
que reconoce tu vientre.
Mala costumbre
la de emborracharse
con el único alcohol
que sabe de tu nombre.
la de no meter el pensamiento
en el horno
cuando está encendido,
no mirar a los ojos de un sapo
cuando se le da un beso,
no atravesar un puente
que carece de vista
y no ve la riada,
una cortina de humo
que no pretende engañarnos
pero sí intoxicarnos.
Mala costumbre
la de pedir en los principios
cuando no hay razón alguna
para la confianza,
cuando los besos no saben
a una carne abierta
por la cual se escapan
los ceros sin ningún uno.
Hay vacíos en la piedra
que aún no reconoce la lágrima
y llora
el devenir de un tiempo
y sus extremidades,
el desvío
del camino de la serpiente
y su dentadura postiza.
Mala costumbre
la del remo
que golpea sin piedad la ola
y le arranca la espuma
como un grito.
Hay dolor en el agua,
hay dolor en la esquina del pecado,
en el fragmento último de esa concha
que batió los récords
de una soledad sin sal.
Mala costumbre
si por el deseo de amarte
te levanto la noche
como si fuera la falda de tu vestido
y te miro las piernas
y desarmo mis manos,
pan desmigajado
en la humedad de tu boca,
en la umbría
que reconoce tu vientre.
Mala costumbre
la de emborracharse
con el único alcohol
que sabe de tu nombre.
