Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.
En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse, de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.
Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.
Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.
Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.
Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.
Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.
Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.
Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.
Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.
Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...
“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.
Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.
Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…
por siempre jamás.
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.
En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse, de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.
Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.
Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.
Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.
Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.
Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.
Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.
Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.
Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.
Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...
“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.
Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.
Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…
por siempre jamás.
Última edición: