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Los árboles sacuden su risa con el temblor de sus hojas,
la brisa con su vestido de azucenas se balancea desde
los cabellos del viento arrastrando sus desnudos pies por
la hierba, levantando el cascabel de su sonido.
El silbido del aire le hace una trenza a mi rostro con el
brillo de mis ojos, humedeciendo mis mejillas con los
surcos de aguas cristalinas, blancas mariposas, manantial
de mis recuerdos.
Mis dulces recuerdos que me hacen tropezar con el carmesí
que habita en la cavidad de mi pecho y se torna en un
torbellino de desesperación.
El silencio ata a mi alma un nudo en sus labios y callo,
como calla la luna al aullido del lobo que busca su manada
en las noches de bosque,
tan oscuras mis veredas y tan fría es la nada cuando se
impregna en mis venas lastimando mi corazón hasta
ahogarlo en la corteza de la tristeza, ¡maldita soledad! eres
mis cadenas, llenas mis días besando mis heridas sin dejar
cerrar en mis manos el barro plateado, eco del ave ciega que
vuela sin poder llegar al cielo del amor.
Jesse Salas
Los árboles sacuden su risa con el temblor de sus hojas,
la brisa con su vestido de azucenas se balancea desde
los cabellos del viento arrastrando sus desnudos pies por
la hierba, levantando el cascabel de su sonido.
El silbido del aire le hace una trenza a mi rostro con el
brillo de mis ojos, humedeciendo mis mejillas con los
surcos de aguas cristalinas, blancas mariposas, manantial
de mis recuerdos.
Mis dulces recuerdos que me hacen tropezar con el carmesí
que habita en la cavidad de mi pecho y se torna en un
torbellino de desesperación.
El silencio ata a mi alma un nudo en sus labios y callo,
como calla la luna al aullido del lobo que busca su manada
en las noches de bosque,
tan oscuras mis veredas y tan fría es la nada cuando se
impregna en mis venas lastimando mi corazón hasta
ahogarlo en la corteza de la tristeza, ¡maldita soledad! eres
mis cadenas, llenas mis días besando mis heridas sin dejar
cerrar en mis manos el barro plateado, eco del ave ciega que
vuela sin poder llegar al cielo del amor.
Jesse Salas
Los árboles sacuden su risa con el temblor de sus hojas,
la brisa con su vestido de azucenas se balancea desde
los cabellos del viento arrastrando sus desnudos pies por
la hierba, levantando el cascabel de su sonido.
El silbido del aire le hace una trenza a mi rostro con el
brillo de mis ojos, humedeciendo mis mejillas con los
surcos de aguas cristalinas, blancas mariposas, manantial
de mis recuerdos.
Mis dulces recuerdos que me hacen tropezar con el carmesí
que habita en la cavidad de mi pecho y se torna en un
torbellino de desesperación.
El silencio ata a mi alma un nudo en sus labios y callo,
como calla la luna al aullido del lobo que busca su manada
en las noches de bosque,
tan oscuras mis veredas y tan fría es la nada cuando se
impregna en mis venas lastimando mi corazón hasta
ahogarlo en la corteza de la tristeza, ¡maldita soledad! eres
mis cadenas, llenas mis días besando mis heridas sin dejar
cerrar en mis manos el barro plateado, eco del ave ciega que
vuela sin poder llegar al cielo del amor.
Jesse Salas
Los árboles sacuden su risa con el temblor de sus hojas,
la brisa con su vestido de azucenas se balancea desde
los cabellos del viento arrastrando sus desnudos pies por
la hierba, levantando el cascabel de su sonido.
El silbido del aire le hace una trenza a mi rostro con el
brillo de mis ojos, humedeciendo mis mejillas con los
surcos de aguas cristalinas, blancas mariposas, manantial
de mis recuerdos.
Mis dulces recuerdos que me hacen tropezar con el carmesí
que habita en la cavidad de mi pecho y se torna en un
torbellino de desesperación.
El silencio ata a mi alma un nudo en sus labios y callo,
como calla la luna al aullido del lobo que busca su manada
en las noches de bosque,
tan oscuras mis veredas y tan fría es la nada cuando se
impregna en mis venas lastimando mi corazón hasta
ahogarlo en la corteza de la tristeza, ¡maldita soledad! eres
mis cadenas, llenas mis días besando mis heridas sin dejar
cerrar en mis manos el barro plateado, eco del ave ciega que
vuela sin poder llegar al cielo del amor.
Jesse Salas
Los árboles sacuden su risa con el temblor de sus hojas,
la brisa con su vestido de azucenas se balancea desde
los cabellos del viento arrastrando sus desnudos pies por
la hierba, levantando el cascabel de su sonido.
El silbido del aire le hace una trenza a mi rostro con el
brillo de mis ojos, humedeciendo mis mejillas con los
surcos de aguas cristalinas, blancas mariposas, manantial
de mis recuerdos.
Mis dulces recuerdos que me hacen tropezar con el carmesí
que habita en la cavidad de mi pecho y se torna en un
torbellino de desesperación.
El silencio ata a mi alma un nudo en sus labios y callo,
como calla la luna al aullido del lobo que busca su manada
en las noches de bosque,
tan oscuras mis veredas y tan fría es la nada cuando se
impregna en mis venas lastimando mi corazón hasta
ahogarlo en la corteza de la tristeza, ¡maldita soledad! eres
mis cadenas, llenas mis días besando mis heridas sin dejar
cerrar en mis manos el barro plateado, eco del ave ciega que
vuela sin poder llegar al cielo del amor.
Jesse Salas
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