Con los ojos entornados aquel ser tenía los más miserables tics epilépticos.Con la sagrada estrella de Salomón inscrita a fuego en su frente,susurraba como una vieja de iglesia mientras el cura se desentendía del crimen abominable que hacía un minuto había realizado en la sacristía,dejando a uno de los feligreses con una pala sanguinolenta clavada en transversal en la mandíbula del convaleciente.Hierbas grises crecían como locas en el epitafio de su tumba,el cual no tenía escrito nada en absoluto,para abominación de su alma evaporada en miríadas de perlas que habrían de caer en la pocilga,donde se merecía tal destino.Pero llegó un trompetero,que en paz descanse,que se creía el mesías de los musulmanes:tardó tres años en reconvertir a la parroquia entera al grupo sacrílego cuya bandera ondea la medialuna sanguinolenta y la estrella de la esperanza.Que más da,ahora también yace bajo otro epitafio;pero este está escrito con siglas de oro:<<aquí yace un sinvergüenza que succionó de vuestro oro>>.