Manifiesto de un loco por amor.

Ismael López

Poeta recién llegado

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que perdí el rumbo de mi vida. Sólo sé, que en algún momento de esta travesía crucé el umbral de la realidad y me acobijé en el mundo de la fantasía. Ya no recuerdo quién soy. Tampoco hallo manera de encontrar mi edad o mi nombre, los cuales se perdieron junto a la puerta de entrada a la estancia de los cuerdos.

Mi tiempo se consume como un cigarro olvidado en un cenicero. Pasan los días y las paredes de mi habitación menguan cada vez más, hasta tal punto de someterme a la agónica asfixia. Mientras, mis demonios internos, manifestados en demoníacas sombras, se jactan de este escritor abocado al fracaso, y se ensañan, hendiendo sus sucios dedos en la herida que provocó en mí el amor y que terminó con la vida de mi corazón y de mi alma.

Isabel era su nombre. ¡Oh, sí! Aún recuerdo el olor de su cuerpo, aroma del mar en calma. El tacto de su piel, palpo de seda de Suzhou. Y el sabor de sus labios, gusto a dulce miel de abejas silvestres. Ahora lo recuerdo, ella fue la causante de los pálpitos de mi corazón, mas su abandono me convirtió en un errante sin rumbo ni espíritu. Ella, ella, ella…

He de encontrarla allá donde se encuentre. Porque a pesar de la distancia, del lejano tiempo y de que he podido ser olvidado, juro que andaré cuantos kilómetros tenga por delante, que cruzaré todos los mares bravíos que se impongan en mi camino y que no pararé de buscar aunque mis pies fatigados lloren sangre. He de encontrarla y junto a ella… Mi cordura.

Han pasado horas, días, meses, tal vez años desde que me subí a aquel tren con rumbo al amor y todo lo que he encontrado ha sido nada. Ofrecí cuanto me quedaba por hallarla, pregunté a todos y cada uno de los títeres guiados en este juego llamado vida. Busqué en cada rincón de una ciudad esclava. Miré tras cada esquina, tras cada montaña, tras cada piedra, tras cada minúsculo e insignificante grano de arena, pero nada. No hay nada. Tan sólo recuerdo. ¡Oh, recuerdos! Fotografías de lo que un día tuvimos y que nos atormentan mediante un bucle infinito de visiones de lo que perdimos. ¿Recuerdas, amada mía? Yo era tu dulce poeta, y en un día lluvioso como hoy, te escribí algo así:

“Inmensas son las lágrimas del océano,
pero en nada se comparan
con la infinidad de cuánto te amo.

Y así, de infinidad, trata nuestro relato.
De dos locos amantes,
amándose a bordo de un barco.

¡Oh vigoroso barco,
que resistes a la más vil tempestad!
Al igual que el suicida
rehúsa a toda vitalidad.

¡Oh vigoroso barco,
que sólo de amor es su material!
El cual navega a través del tiempo,
al igual que un trasatlántico
que boga rompiendo las olas de la mar.

Y así transcurre la increíble historia,
de los dos locos especialistas en amar.
Queriéndose por siempre.
Amándose hasta más allá de la eternidad...”

Sé que logras recordarlo, como también sé que recuerdas la escritura de mis besos, el sabor de mis versos, las caricias de mis palabras y el significado de mi piel. ¿Sabes? Logré reconstruir, pedazo a pedazo, cada una de las cartas que me escribiste, y que mi rabia y mi locura, rompieron el día que te marchaste. Ahora no hay noche que no las lea antes de que el ángel del sueño me meza entre sus brazos y me lleve a soñar junto a ti. Es por eso que me volví loco o extremadamente cuerdo, por soñarte dormido, por anhelarte despierto.

Sigo sin encontrarte, a veces creo incluso que no existes y que eres la protagonista de cada una de mis novelas, de mis relatos, de mis poesías y de todos y cada uno de mis escritos. Se llama Isabel, al igual que tú, pero no logro discernir si ella nació en mi mente, homenajeando tu amor y tu presencia o sí, por el contrario, fue el deseo de tener a alguien como tú el que la creó. ¿Existes o no? Sí, sí existes, de ambas maneras existirías, pues si olvidamos lo superfluo del cuerpo, sólo queda lo abstracto del alma, y yo siento a la tuya junto a la mía a pesar de que no estás. No estás, no estás… Y si no estás, yo tampoco quiero estarlo, es por eso que estoy junto a la mar. Recordando a todos aquellos que murieron por amor: Chatterton, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Maiakovski… Y la verdad, es que quiero ser como ellos. Ganarme la inmortalidad con la muerte y cuando ésta te visite, allí estaré yo, esperándote con una pluma para poder besarte con el poema más bonito jamás escrito, para poder contarte con besos, que fuiste, eres y serás el amor de mi vida.

Ahora he de irme, tengo que marcharme errante tal como vine, por eso andaré hasta que el consuelo de las olas calme a este cuerpo atormentado, hasta que la inmensidad del océano engulla a este hombre minúsculo, que un día se sintió enorme sólo porque te amó, te ama y te amará. Adiós y gracias por ser mi consuelo y a la vez mi perdición.

(Ismael López, "Ísver")
 
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No sé cuánto tiempo ha pasado desde que perdí el rumbo de mi vida. Sólo sé, que en algún momento de esta travesía crucé el umbral de la realidad y me acobijé en el mundo de la fantasía. Ya no recuerdo quién soy. Tampoco hallo manera de encontrar mi edad o mi nombre, los cuales se perdieron junto a la puerta de entrada a la estancia de los cuerdos.

Mi tiempo se consume como un cigarro olvidado en un cenicero. Pasan los días y las paredes de mi habitación menguan cada vez más, hasta tal punto de someterme a la agónica asfixia. Mientras, mis demonios internos, manifestados en demoniacas sombras, se jactan de este escritor abocado al fracaso, y se ensañan, hendiendo sus sucios dedos en la herida que provocó en mí el amor y que terminó con la vida de mi corazón y de mi alma.

Isabel era su nombre. ¡Oh, sí! Aún recuerdo el olor de su cuerpo, aroma del mar en calma. El tacto de su piel, palpo de seda de Suzhou. Y el sabor de sus labios, gusto a dulce miel de abejas silvestres. Ahora lo recuerdo, ella fue la causante de los pálpitos de mi corazón, mas su abandono me convirtió en un errante sin rumbo ni espíritu. Ella, ella, ella…

He de encontrarla allá donde se encuentre. Porque a pesar de la distancia, del lejano tiempo y de que he podido ser olvidado, juro que andaré cuantos kilómetros tenga por delante, que cruzaré todos los mares bravíos que se impongan en mi camino y que no pararé de buscar aunque mis pies fatigados lloren sangre. He de encontrarla y junto a ella… Mi cordura.

Han pasado horas, días, meses, tal vez años desde que me subí a aquel tren con rumbo al amor y todo lo que he encontrado ha sido nada. Ofrecí cuanto me quedaba por hallarla, pregunté a todos y cada uno de los títeres guiados en este juego llamado vida. Busqué en cada rincón de una ciudad esclava. Miré tras cada esquina, tras cada montaña, tras cada piedra, tras cada minúsculo e insignificante grano de arena, pero nada. No hay nada. Tan sólo recuerdo. ¡Oh, recuerdos! Fotografías de lo que un día tuvimos y que nos atormentan mediante un bucle infinito de visiones de lo que perdimos. ¿Recuerdas, amada mía? Yo era tu dulce poeta, y en un día lluvioso como hoy, te escribí algo así:

“Inmensas son las lágrimas del océano,
pero en nada se comparan
con la infinidad de cuanto te amo.

Y así, de infinidad, trata nuestro relato.
De dos locos amantes,
amándose a bordo de un barco.

¡Oh vigoroso barco,
que resistes a la más vil tempestad!
Al igual que el suicida
rehúsa a toda vitalidad.

¡Oh vigoroso barco,
que sólo de amor es su material!
El cual navega a través del tiempo,
al igual que un trasatlántico
que boga rompiendo las olas de la mar.

Y así transcurre la increíble historia,
de los dos locos especialistas en amar.
Queriéndose por siempre.
Amándose hasta más allá de la eternidad...”

Sé que logras recordarlo, como también sé que recuerdas la escritura de mis besos, el sabor de mis versos, las caricias de mis palabras y el significado de mi piel. ¿Sabes? Logré reconstruir, pedazo a pedazo, cada una de las cartas que me escribiste, y que mi rabia y mi locura, rompieron el día que te marchaste. Ahora no hay noche que no las lea antes de que el ángel del sueño me merza entre sus brazos y me lleve a soñar junto a ti. Es por eso que me volví loco o extremadamente cuerdo, por soñarte dormido, por anhelarte despierto.

Sigo sin encontrarte, a veces creo incluso que no existes y que eres la protagonista de cada una de mis novelas, de mis relatos, de mis poesías y de todos y cada uno de mis escritos. Se llama Isabel, al igual que tú, pero no logro discernir si ella nació en mi mente, homenajeando tu amor y tu presencia, o sí por el contrario fue el deseo de tener a alguien como tú el que la creó. ¿Existes o no? Sí, sí existes, de ambas maneras existirías, pues si olvidamos lo superfluo del cuerpo, sólo queda lo abstracto del alma, y yo siento a la tuya junto a mía a pesar de que no estás. No estás, no estás… Y si no estás, yo tampoco quiero estarlo, es por eso que estoy junto a la mar. Recordando a todos aquellos que murieron por amor: Chatterton, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Maiakovski… Y la verdad, es que quiero ser como ellos. Ganarme la inmortalidad con la muerte y cuando ésta te visite, allí estaré yo, esperándote con una pluma para poder besarte con el poema más bonito jamás escrito, para poder contarte con besos, que fuiste, eres y serás el amor de mi vida.

Ahora he de irme, tengo que marcharme errante tal como vine, por eso andaré hasta que el consuelo de las olas calme a este cuerpo atormentado, hasta que la inmensidad del océano engulla a este hombre minúsculo, que un día se sintió enorme sólo porque te amó, te ama y te amará. Adiós y gracias por ser mi consuelo y a la vez mi perdición.

(Ismael López, "Ísver")





Recuerdos que están dentro de tu corazón,
recordando con calma esos momentos,
esos momentos que te llenaron de amor…
Un placer haber pasado, un beso.

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