Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Comienza en silencio.
No en cualquier silencio—
elige uno que tenga eco,
uno donde puedas escuchar
lo que evitaste durante años.
Toma un recuerdo.
No el más feliz.
Ese no sirve.
Busca uno que parezca intacto,
pero que al tocarlo
se desmorona en las manos.
Míralo despacio.
Como quien observa una herida cerrada
sin saber que aún sangra por dentro.
No apartes la vista
cuando empiece a doler.
Ahí es donde comienza a funcionar.
Permite que el recuerdo respire.
Que se mueva,
que cambie de forma,
que diga lo que nunca dijo
cuando aún estabas ahí.
Ahora añade ausencia.
Mucha.
La suficiente
como para que todo lo que fue
se le hace imposible volver a tocar.
Espera.
La melancolía no llega de golpe.
Se filtra.
Como agua en una grieta
que no sabías que existía.
Cuando sientas ese peso en el pecho—
no lo detengas.
Eso no es tristeza.
Es memoria aprendiendo a doler
en presente.
Entonces escribe.
No pienses demasiado.
Deja que las palabras salgan torcidas,
incompletas,
como si también ellas
estuvieran perdiendo algo.
No corrijas el poema.
Si lo arreglas,
pierde verdad.
Déjalo quebrado.
Déjalo respirar como respira el dolor:
sin orden.
Léelo.
En voz baja.
Como si alguien pudiera escucharte
desde el pasado.
Si no duele,
vuelve al paso 2.
No has sido lo suficientemente honesto.
Si duele—
si sientes que algo en ti se rompe
mientras lo lees…
Entonces no es un poema.
Es la melancolía usándote para decir lo que aún no ha terminado.
No en cualquier silencio—
elige uno que tenga eco,
uno donde puedas escuchar
lo que evitaste durante años.
Toma un recuerdo.
No el más feliz.
Ese no sirve.
Busca uno que parezca intacto,
pero que al tocarlo
se desmorona en las manos.
Míralo despacio.
Como quien observa una herida cerrada
sin saber que aún sangra por dentro.
No apartes la vista
cuando empiece a doler.
Ahí es donde comienza a funcionar.
Permite que el recuerdo respire.
Que se mueva,
que cambie de forma,
que diga lo que nunca dijo
cuando aún estabas ahí.
Ahora añade ausencia.
Mucha.
La suficiente
como para que todo lo que fue
se le hace imposible volver a tocar.
Espera.
La melancolía no llega de golpe.
Se filtra.
Como agua en una grieta
que no sabías que existía.
Cuando sientas ese peso en el pecho—
no lo detengas.
Eso no es tristeza.
Es memoria aprendiendo a doler
en presente.
Entonces escribe.
No pienses demasiado.
Deja que las palabras salgan torcidas,
incompletas,
como si también ellas
estuvieran perdiendo algo.
No corrijas el poema.
Si lo arreglas,
pierde verdad.
Déjalo quebrado.
Déjalo respirar como respira el dolor:
sin orden.
Léelo.
En voz baja.
Como si alguien pudiera escucharte
desde el pasado.
Si no duele,
vuelve al paso 2.
No has sido lo suficientemente honesto.
Si duele—
si sientes que algo en ti se rompe
mientras lo lees…
Entonces no es un poema.
Es la melancolía usándote para decir lo que aún no ha terminado.
Última edición: