Manual para consolar al desconsolador

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
No empieces con palabras.
Las palabras llegan tarde, siempre llegan tarde, como trenes que anuncian su llegada cuando uno ya está cansado de esperar en el andén equivocado.

Empieza con el silencio.

Pero no cualquier silencio:
uno que no juzgue,
uno que no intente arreglar nada,
uno que se siente al lado y respire despacio, como si entendiera que el dolor ajeno no se toca, se acompaña.

El desconsolador —ese que sostiene a todos— no sabe caerse.
Le enseñaron a ser techo, nunca a ser lluvia.
Por eso, cuando le tiemblan las manos, las esconde;
cuando le arde el pecho, sonríe;
cuando se rompe, baja la voz para que nadie escuche el ruido.

Acércate sin ruido.

No le preguntes “¿qué te pasa?”
porque no tiene respuesta,
porque lo que le pasa no cabe en preguntas ni en formularios ni en esas frases limpias que se dicen para no decir nada.

Haz otra cosa:
quédate.

Quédate como quien no tiene prisa,
como quien entiende que hay dolores que no se resuelven, solo se atraviesan.

Si llora, no lo detengas.
Si no llora, tampoco lo empujes.
Hay lágrimas que no salen por los ojos,
hay lágrimas que se quedan viviendo en los huesos.

Tócale el hombro, si te deja.
Y si no, quédate cerca,
lo suficiente como para que sepa que no está solo,
pero no tanto como para invadir ese territorio sagrado donde cada quien negocia con sus ruinas.

Recuerda esto:

El desconsolador no necesita que lo salven.
Necesita que alguien le permita no salvar a nadie por un rato.

Déjalo descansar de ser fuerte.
Déjalo equivocarse sin tener que explicar por qué.
Déjalo existir sin el peso de sostener el mundo.

Y cuando te mire —porque en algún momento lo hará—
no le ofrezcas soluciones,
ofrécele presencia.

A veces, consolar al desconsolador
es simplemente sentarse a su lado
y no irse.
 

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