Primero:deja de buscarte en fotografías viejas.
Ese hombre que sonreía sin sospechar el desastre,
esa mujer que todavía creía en promesas,
ese corazón que dormía tranquilo…
ya no vive aquí.
Y duele aceptarlo.
Porque uno pasa la vida creyendo que siempre será el mismo,
hasta que llega alguien,
algo,
alguna ausencia,
y te arranca la inocencia como quien descose una camisa vieja.
Sobrevivir a tu antigua versión
es aprender a caminar con el fantasma de quien fuiste.
Es mirar lugares que antes eran hogar
y sentir que ahora son ruinas con electricidad.
Es escuchar canciones que antes abrazaban
y hoy parecen abrir heridas con los dientes.
Hay días peores.
Días donde extrañas incluso tu manera de sufrir antes.
Porque antes llorabas con esperanza.
Ahora lloras con experiencia.
Y qué cosa tan terrible
cuando el dolor aprende tu nombre completo.
Nadie te enseña esto:
nadie explica qué hacer
cuando maduras a la fuerza,
cuando el amor te cambia la voz,
cuando la traición te vuelve desconfiado,
o cuando la vida te obliga
a enterrarte vivo para volver distinto.
Pero sobrevives.
No elegantemente.
No como en las películas.
Sobrevives arrastrando recuerdos,
hablándole al techo de madrugada,
fingiendo estabilidad en conversaciones cotidianas,
riendo mientras por dentro algo sigue incendiándose.
Y un día entiendes
que sanar nunca fue volver a ser quien eras.
Sanar
es aprender a amar
a la persona que nació después del derrumbe.
Porque sí:
esa vieja versión tuya murió.
Pero mírate bien.
Todavía respiras.
Todavía escribes.
Todavía amas aunque te dé miedo.
Todavía tiemblas cuando alguien te toca el alma.
Y quizá eso sea la verdadera supervivencia:
seguir sintiendo
después de todo.