yomboki
Poeta que considera el portal su segunda casa
María se vistió de celofán,
comió dos cocodrilos y remató con un ala de avestruz
que guardaba hacia tiempo en el porta equipajes de su auto,
después subió las escaleras de un salto
y bajó llorando hasta la sala
donde un anodino teléfono
su burlo de ella en la voz de un desconocido:
“El teniente Álvarez fue abatido en un enfrentamiento
a tiros con un grupo de delincuentes emboscados,
su cuerpo se encuentra en…”
María no quiso que la frase terminara,
cogió al gato por el cuello y termino de limpiar el dolor
con el agua dormida en el microondas,
vacilo en la emoción,
vistió sus ojos con vidrieras de humo y protección
triple para el ataque de los rayos Uv,
y trastabillo seis veces antes de aceptar que su esposo
estaba muerto.
Ella cerró la puerta
y ajustó el peso de la pena a lo largo de los hombros
desprendió de una patada los adoquines de su calle
hasta que el centro de la tierra quedó al descubierto,
lanzó una mirada al cielo
y rompió dos nubes que empezaron a caer en pedazos minúsculos,
hasta vengarse
escondiéndose para siempre en su pecho,
apretó las cadenas de sus pies y se encamino a reconocer
a su muerto,
al que, llego a pensar, nunca había conocido,
no tan inmóvil como ahora,
con esa osadía de cadáver en la piel,
esa terquedad tan Álvarez de negarse a respirar
y a responder a esos ojos que lo miraban
con solidaridad de muerto.
María se ausentó seiscientos días,
o eso dicen los periódicos,
desgastó su piel en los infiernos,
comprendió de un golpe que sus dos hijos
eran parte del testamento que el teniente Álvarez
redactara en su favor
y se vistió de lodo y lagrimas eléctricas
seiscientos días hasta que su amado,
ahora desconocido ,
hiciera pactos de fidelidad con la tierra y sus secretos.
María se encerró en una burbuja de almidón,
hizo nido en su corazón a dos pistolas
y a veces, cuando el día es de metal
y ella mira las noticias,
llora.
comió dos cocodrilos y remató con un ala de avestruz
que guardaba hacia tiempo en el porta equipajes de su auto,
después subió las escaleras de un salto
y bajó llorando hasta la sala
donde un anodino teléfono
su burlo de ella en la voz de un desconocido:
“El teniente Álvarez fue abatido en un enfrentamiento
a tiros con un grupo de delincuentes emboscados,
su cuerpo se encuentra en…”
María no quiso que la frase terminara,
cogió al gato por el cuello y termino de limpiar el dolor
con el agua dormida en el microondas,
vacilo en la emoción,
vistió sus ojos con vidrieras de humo y protección
triple para el ataque de los rayos Uv,
y trastabillo seis veces antes de aceptar que su esposo
estaba muerto.
Ella cerró la puerta
y ajustó el peso de la pena a lo largo de los hombros
desprendió de una patada los adoquines de su calle
hasta que el centro de la tierra quedó al descubierto,
lanzó una mirada al cielo
y rompió dos nubes que empezaron a caer en pedazos minúsculos,
hasta vengarse
escondiéndose para siempre en su pecho,
apretó las cadenas de sus pies y se encamino a reconocer
a su muerto,
al que, llego a pensar, nunca había conocido,
no tan inmóvil como ahora,
con esa osadía de cadáver en la piel,
esa terquedad tan Álvarez de negarse a respirar
y a responder a esos ojos que lo miraban
con solidaridad de muerto.
María se ausentó seiscientos días,
o eso dicen los periódicos,
desgastó su piel en los infiernos,
comprendió de un golpe que sus dos hijos
eran parte del testamento que el teniente Álvarez
redactara en su favor
y se vistió de lodo y lagrimas eléctricas
seiscientos días hasta que su amado,
ahora desconocido ,
hiciera pactos de fidelidad con la tierra y sus secretos.
María se encerró en una burbuja de almidón,
hizo nido en su corazón a dos pistolas
y a veces, cuando el día es de metal
y ella mira las noticias,
llora.
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