María

HÉCTOR

Eres mi poesía; yo el instrumento inspirado.
No podías perder.
Tu conocías el cielo
embarrado de barro,
había rodado.

Lo viste hablar moradas.
Callar mucho tiempo,
atisbar templos,
y rendirse a la montaña.

Lo viste partir siempre
y regresar poco,
el tiempo no podía perder.
Tu palabra faltaba.

Le hablaste y te escuchó.
Acogió todo y dobló;
la alegría que querías,
la compartió y todo se regeneró.
 
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