martha

jose villa

Poeta que considera el portal su segunda casa
con tacones llegaba al 1.80 y tantos
morena, lasciva, nomás con verla
se me ponía tiesa como un tubo;
su traje de batalla era una mini
una blusa que le transparentaba las tetas y
tacones de 15 cms

en la década de los 70
me la estuve topando en todos los burdeles
de la costa de jalisco y nayarit;
te cobraba 50 por hacer de todo
y por una raya de coca te rebajaba la mitad

le pegaba un aire a mirelle mathieu
-cantante francesa de moda por aquel entonces-
con flequillo a la altura de las cejas y
el corte triangular de la cara;
su frase favorita era
"¿me llevas a culear al cuarto?"
asestada con aquella voz aguardentosa
a la altura del segundo whisky

tenía una casita por el rumbo de tomatlán
y se refugiaba en ella cada dos o tres meses
para recuperarse de toda la mierda que
se metía en el cuerpo

una vez le pregunté
a qué edad había comenzado a putear
"muy chica, villa, como a los 13 años
cuando me empezó este maldito ardor en la panocha
que nomás no se me quita con nada"

otra vez le pregunté
si quería casarse conmigo
"no eres mi tipo, cabrón
y además tendría que andarte cuidando todo el rato
para que no te cogieras a mis hijas"

cuando pienso en martha, algún día lluvioso
en que me entretengo hurgando en la hojarasca del ayer
me imagino a una anciana sentada en un banquito
-el cigarrillo humeante encajado en la desdentada boca-
mirando el campo al caer la tarde
afuera de un viejo y ruinoso jacalón de madera

una anciana con la cara tapizada de arrugas
que deja vagar la mirada por el paisaje desierto
y se pregunta amargada de qué mierda sirve la puta vida

cuando ya nadie quiere culear con una






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