Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un hilo de quejidos terminan de caer desde el camastro,
inspiración profunda que ensanchaba mi pecho,
pecho que junto a tus senos,
refregaban ansiosos el último soplo,
suspirados desde vientres apegados y enajenados ,
interminables, palpitantes, humeantes, absorbentes.
inspiración profunda que ensanchaba mi pecho,
pecho que junto a tus senos,
refregaban ansiosos el último soplo,
suspirados desde vientres apegados y enajenados ,
interminables, palpitantes, humeantes, absorbentes.
Y celoso cojo los minutos
,
que se han quedado colgados en el muro,
tic-tac sólo es un estornudo,
arrojados a bandadas desde el cucú mofletudo.
que se han quedado colgados en el muro,
tic-tac sólo es un estornudo,
arrojados a bandadas desde el cucú mofletudo.
Y el silencio se suspende ansioso,
haciéndose parte entre mi espacio y el tuyo,
ni palabras que musitar,
ni gestos que acariciar,
solamente el techo con sus tablones y algo de musgo,
que atrevido fisgonea desde el palco intruso.
haciéndose parte entre mi espacio y el tuyo,
ni palabras que musitar,
ni gestos que acariciar,
solamente el techo con sus tablones y algo de musgo,
que atrevido fisgonea desde el palco intruso.
Roto el instante donde fuimos sólo uno,
nos quedamos solos, tirados y desnudos,
masticando nuestros imperceptibles murmullos,
que lloriquean siniestros y sordomudos,
tú enrollada en la esquina derecha,
yo en la izquierda sentado, cabizbajo y meditabundo,
como si hubiese sido pecado,
haber escuchado por un instante nuestros susurros.
nos quedamos solos, tirados y desnudos,
masticando nuestros imperceptibles murmullos,
que lloriquean siniestros y sordomudos,
tú enrollada en la esquina derecha,
yo en la izquierda sentado, cabizbajo y meditabundo,
como si hubiese sido pecado,
haber escuchado por un instante nuestros susurros.
Apago la luz para ahogar los miedos,
arrolladores testigos en este cuchicheo inoportuno,
de sentencias culposas ancestrales,
traídas a este hora y en este minuto,
que no deja de refregarnos,
¡¿por qué tuvimos que encontrarnos?!,
si ya antes de mirarnos,
cada uno era más que sólo uno
arrolladores testigos en este cuchicheo inoportuno,
de sentencias culposas ancestrales,
traídas a este hora y en este minuto,
que no deja de refregarnos,
¡¿por qué tuvimos que encontrarnos?!,
si ya antes de mirarnos,
cada uno era más que sólo uno
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