Robsalz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Si resucito y muero antes de morir y de resucitar,
recuerda bien que siempre dije "puedo"
cuando no podía ya más,
y siempre me hice el fuerte, el insulso, el tal por cual
y no pasé de ser una liebre temerosa al despertar.
Mis gitanos no supieron mis caminos
y el viejo buitre que era el destino
no me quiso consolar,
pero siempre puse un grito donde no cabía uno más
aunque por dentro caigan las catedrales y no levanten ya.
Y a la penumbra le pedí una simple dirección
que más tarde que temprano
se me fugó del corazón, que más tarde que temprano
me cerró las puertas del amor.
Más, que no puedan herirme más
los besos que escaparon, las tiendas que cerraron,
los abrazos remilgosos en la noche y otro par
que con intención sin compañía me dejaron
en un derrumbado hospital sin nombre.
La venganza es un timón a la deriva,
un boleto a la isla de la soledad,
el perdón un vaquero suicida
que en el Viejo Oeste se tiende a acabar.
Mis canas cuestan el equivalente a mil sonrisas
y mi sonrisa no cuesta ni la mitad,
le faltan dos botones a mi camisa
y a mi espíritu se le murió la ansiedad.
Y siempre me hice el que podía,
el buitre que volaba en lo alto sin saber
que valen más dos aguaceros a pleno día
que un verano sin ganas de volver.
recuerda bien que siempre dije "puedo"
cuando no podía ya más,
y siempre me hice el fuerte, el insulso, el tal por cual
y no pasé de ser una liebre temerosa al despertar.
Mis gitanos no supieron mis caminos
y el viejo buitre que era el destino
no me quiso consolar,
pero siempre puse un grito donde no cabía uno más
aunque por dentro caigan las catedrales y no levanten ya.
Y a la penumbra le pedí una simple dirección
que más tarde que temprano
se me fugó del corazón, que más tarde que temprano
me cerró las puertas del amor.
Más, que no puedan herirme más
los besos que escaparon, las tiendas que cerraron,
los abrazos remilgosos en la noche y otro par
que con intención sin compañía me dejaron
en un derrumbado hospital sin nombre.
La venganza es un timón a la deriva,
un boleto a la isla de la soledad,
el perdón un vaquero suicida
que en el Viejo Oeste se tiende a acabar.
Mis canas cuestan el equivalente a mil sonrisas
y mi sonrisa no cuesta ni la mitad,
le faltan dos botones a mi camisa
y a mi espíritu se le murió la ansiedad.
Y siempre me hice el que podía,
el buitre que volaba en lo alto sin saber
que valen más dos aguaceros a pleno día
que un verano sin ganas de volver.