*Sabrina*
Una niña gris
Me coseré los párpados
y la membrana ocular
del ayer.
Le diré adiós
a la espinosa cuna de la infancia
y a las llamadas
notas perversas.
Ya no miraré
sus cruces danzantes
como promesa de aura,
ni su vestido grisáceo
de tiros largos,
de dagas oxidadas
como vestigio de benevolencia.
Ni trazaré
en el febril espacio,
ese,
su Dios de terciopelo enjaulado
y
menos aún
distinguiré con la esquirla de mi cornea
la onomatopeya de sus llaves
en otro tiempo sagradas.
Debe ser que la noche
dejó la estrella sin luna,
y melancólica
bosteza mi despojo
No veré el adusto gesto
que derramó la copa vacía,
ni el daño de una herida sin navaja
dibujándose en el suelo.
Sólo me perderé
en el pasado degradándose
en matices venenosas,
aguijones podridos de discernimiento,
bosquejos de mis fantasías
muriendo en el transverso de mis ojos tiesos.
De mi arte quedó,
sólo la marquesina de plata
suturando horrores en el mustio aire,
intoxicando el respiro
en el silencio agudo
de blancas notas nunca tocadas.
Yo,
de claveles melódicos,
de oquedad sobresaturada.
Eterna esclava
de cicatrices en las sábanas,
impasible y presurosa
del espejo quebrado
y su orgasmo de orquídeas.
Muté en rasguños de agua
por las piezas de mi cara fragmentada
y noches de lágrimas calcáreas que acabaron
por cubrir cada poro de mis sueños.
Fracturas en mis dedos,
recuerdo y repito
lo malsano de su risa
sosegando mi llanto.
Su gesto de poder y vena atacando
como espuelas
el umbral de mi cuerpo.
Intenso dolor;
El alma tatuándose fe.
Hipócrita orgullo
anudándose en saliva.
No pronunciaré palabra alguna,
fui
un eco en el útero de una madre,
por migajas rebeldes
del esperma de alguien.
Yo odié a su Dios, por odiarme.
*Al recuerdo que permanece intacto,
a mi niñez mutilada*
y la membrana ocular
del ayer.
Le diré adiós
a la espinosa cuna de la infancia
y a las llamadas
notas perversas.
Ya no miraré
sus cruces danzantes
como promesa de aura,
ni su vestido grisáceo
de tiros largos,
de dagas oxidadas
como vestigio de benevolencia.
Ni trazaré
en el febril espacio,
ese,
su Dios de terciopelo enjaulado
y
menos aún
distinguiré con la esquirla de mi cornea
la onomatopeya de sus llaves
en otro tiempo sagradas.
Debe ser que la noche
dejó la estrella sin luna,
y melancólica
bosteza mi despojo
No veré el adusto gesto
que derramó la copa vacía,
ni el daño de una herida sin navaja
dibujándose en el suelo.
Sólo me perderé
en el pasado degradándose
en matices venenosas,
aguijones podridos de discernimiento,
bosquejos de mis fantasías
muriendo en el transverso de mis ojos tiesos.
De mi arte quedó,
sólo la marquesina de plata
suturando horrores en el mustio aire,
intoxicando el respiro
en el silencio agudo
de blancas notas nunca tocadas.
Yo,
de claveles melódicos,
de oquedad sobresaturada.
Eterna esclava
de cicatrices en las sábanas,
impasible y presurosa
del espejo quebrado
y su orgasmo de orquídeas.
Muté en rasguños de agua
por las piezas de mi cara fragmentada
y noches de lágrimas calcáreas que acabaron
por cubrir cada poro de mis sueños.
Fracturas en mis dedos,
recuerdo y repito
lo malsano de su risa
sosegando mi llanto.
Su gesto de poder y vena atacando
como espuelas
el umbral de mi cuerpo.
Intenso dolor;
El alma tatuándose fe.
Hipócrita orgullo
anudándose en saliva.
No pronunciaré palabra alguna,
fui
un eco en el útero de una madre,
por migajas rebeldes
del esperma de alguien.
Yo odié a su Dios, por odiarme.
*Al recuerdo que permanece intacto,
a mi niñez mutilada*
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