JOSE MANUEL SAIZ
Poeta asiduo al portal
Me llamas.
En la mar serena, la sirena de un barco.
La luz de la aurora despertando al ocaso.
A lo lejos tu voz
como la saeta de un arco
que cruza el espacio hiriendo el silencio.
Más allá el viento.
Me llamas.
Y el ruido que antes fue eterno
se vuelve ahora pausa
al escuchar mi nombre.
La brisa se hace sendero.
Y el sendero camino.
El aire se vuelve velero
para llevar al puerto de mis oídos
de tu boca el aliento,
de tus labios el sonido.
Me llamas.
Reflejo de luna que el agua aclara.
Yo soy el viento. Tú el navío.
Rumor del rocío jugando entre las ramas.
Gemir peregrino que de tu boca escapa.
De su prisión de roca el eco huye.
Cabalga ligero. Le persigue el estío.
Lleva consigo el botín de tu voz.
Llama a mis puertas. Suplica a mi oído.
Retumba en el valle
su galopar fugitivo.
¡Quién fuera palabra
para dejar en tus labios
besos de espuma!
¡Quién fuera sirena
y alertar tus pasos
en las noches de bruma!
Me llamas.
¡Eres tú!
Tus ojos repletos de astros
buscan por fin los míos.
Y el sol que alumbra el camino,
el que madura los campos
se enreda en tu pelo
queriéndolo trenzar.
Tus pies ligeros ahora vuelan.
Tu cuerpo breve ahora más cerca.
Más cerca.
Un silencio. Una mirada.
Unas manos que se esperan.
Otro silencio.
Un suspiro que se escapa.
Media sonrisa, una caricia...
un beso.
Tú y yo juntos.
Y alrrededor el mundo gira.
El tiempo ya no pasa.
Tus labios ahora callan.
Ya no me llamas
porque me llama tu silencio.
¡Qué manso se vuelve el mar
cuando retorna de nuevo al puerto!
...
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En la mar serena, la sirena de un barco.
La luz de la aurora despertando al ocaso.
A lo lejos tu voz
como la saeta de un arco
que cruza el espacio hiriendo el silencio.
Más allá el viento.
Me llamas.
Y el ruido que antes fue eterno
se vuelve ahora pausa
al escuchar mi nombre.
La brisa se hace sendero.
Y el sendero camino.
El aire se vuelve velero
para llevar al puerto de mis oídos
de tu boca el aliento,
de tus labios el sonido.
Me llamas.
Reflejo de luna que el agua aclara.
Yo soy el viento. Tú el navío.
Rumor del rocío jugando entre las ramas.
Gemir peregrino que de tu boca escapa.
De su prisión de roca el eco huye.
Cabalga ligero. Le persigue el estío.
Lleva consigo el botín de tu voz.
Llama a mis puertas. Suplica a mi oído.
Retumba en el valle
su galopar fugitivo.
¡Quién fuera palabra
para dejar en tus labios
besos de espuma!
¡Quién fuera sirena
y alertar tus pasos
en las noches de bruma!
Me llamas.
¡Eres tú!
Tus ojos repletos de astros
buscan por fin los míos.
Y el sol que alumbra el camino,
el que madura los campos
se enreda en tu pelo
queriéndolo trenzar.
Tus pies ligeros ahora vuelan.
Tu cuerpo breve ahora más cerca.
Más cerca.
Un silencio. Una mirada.
Unas manos que se esperan.
Otro silencio.
Un suspiro que se escapa.
Media sonrisa, una caricia...
un beso.
Tú y yo juntos.
Y alrrededor el mundo gira.
El tiempo ya no pasa.
Tus labios ahora callan.
Ya no me llamas
porque me llama tu silencio.
¡Qué manso se vuelve el mar
cuando retorna de nuevo al puerto!
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