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Me voy,
donde la trémula del llanto no me siga
y los diantres no me observen sigilosos,
donde las fieras no dilaten mis pupilas
y la muerte sea el cofre lleno de tesoros.
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Te vas,
donde el viento te acaricie con sus brazos
y el candor de tu cintura compasible
encienda un sol que sea sombra de un ocaso
y en el calor de tus canciones se eternice.
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Donde la historia no acumule polvo de cianuro
y el abrigo de mi piel no necesite un asesino,
donde no escuche la copla oscura de zamuros
ni tu sonrisa retorcida nazca de mi cruel destino.
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Pero te vas a donde renazcan blancas alas
de tus ensueños como árboles de aromo;
de ti ya nace aquel fulgor de las entrañas
de mi silencio como esmero ya en el plomo.
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Me voy con tu veneno irrigado en mi alma
estallando mis venas con tu negro tinte,
tus zigzagueadas flechas -que me alcanzan-
pero con mi cara límpida, sin tapices-.
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Te vas dejando pasos cubiertos de escamas
con una vereda gris cosida de mis palabras;
las zigzagueadas flechas -pupilas amarradas-
volaron del olvido -gaviota enajenada-.
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Vuelo a la lumbre de un mañana sempiterno
donde el arcoiris encandile radiante mis ojos,
con las angustias muy clavadas en mi pecho
pero tu alma condenada frente a mi de hinojos.
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Me voy lejos de ti
¡zamuro oscuro!
devora mi carne...
bebe mi sangre
¡que ya me marcho!
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