Pablo Alejandro
Poeta adicto al portal
Me Odio
No odio los instantes que dieron tus labios,
que para mí fueron (o son) la máxima gloria.
Odio mi boca que aún clama por tu nombre
en lapsos de infortunio y de copas rotas.
Desesperanzado sigo las huellas de tus ojos,
que se han perdido de la tierra del perdón.
Odio haber sido el que derrochó su brillo,
perdiéndo el reloj, tus locuras y tu calor.
Tú que fuiste siempre aquel río imponente
que en el delta de la vida, venciste al mar.
Odio haber estado en el momento maldito,
en que tus aguas vigorosas dejaste menguar.
Odio las tertulias en desgraciadas noches,
amigos que encontré, y hoy desaparecen.
Con lastimeros gritos sacudo el horizonte,
busco abrazos ebrios aunque sean hirientes.
Sólo me queda despilfarrar estas palabras,
versos que para el tiempo ya son infundados.
Odio que la sombra los consuma a cada uno,
que no sean leídos, aunque luego sean quemados.
Pablo Alejandro
No odio los instantes que dieron tus labios,
que para mí fueron (o son) la máxima gloria.
Odio mi boca que aún clama por tu nombre
en lapsos de infortunio y de copas rotas.
Desesperanzado sigo las huellas de tus ojos,
que se han perdido de la tierra del perdón.
Odio haber sido el que derrochó su brillo,
perdiéndo el reloj, tus locuras y tu calor.
Tú que fuiste siempre aquel río imponente
que en el delta de la vida, venciste al mar.
Odio haber estado en el momento maldito,
en que tus aguas vigorosas dejaste menguar.
Odio las tertulias en desgraciadas noches,
amigos que encontré, y hoy desaparecen.
Con lastimeros gritos sacudo el horizonte,
busco abrazos ebrios aunque sean hirientes.
Sólo me queda despilfarrar estas palabras,
versos que para el tiempo ya son infundados.
Odio que la sombra los consuma a cada uno,
que no sean leídos, aunque luego sean quemados.
Pablo Alejandro
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