Aprendiz de Lunas
Poeta que considera el portal su segunda casa
Avanzan por la fría madrugada de la carne,
centurias de gusanos en su paciente crisalizar,
hilo y mariposa negra, arquitectura macabra.
¿Te has vestido con tus negruscas sedas?
¿Enluto la nube su color sobre tu frágil cuerpo?
Marchita el sentimiento por tu lejana palabra
en la gárgola presente del beso de tus labios y mi muerte.
¿Hacia donde llora el lamento de esas campanas?
¿Que hay del paisaje que arde en el azufre de los ojos?
¿Que fue de la luna que habitaba en la gracia?
¿Donde dejo su aroma el lirio que tiritaba a un solo paso de su suerte?
Dime, ¿me oyes?, es inútil que siga golpeando el mármol, lo se.
Un ángel caído escribe el triste epitafio de su melancolía,
vagando eterno entre pétalos de lágrimas, fragancias de la pena
¿Y debo aplaudirte la muerte que sonrojas en mi boca?
No, los violines tocan sus notas al dolor de una ajena melodía.
¿Será acaso la mía? ¿O serán las estrellas colgadas de una mirada inocua?
Un lucero se arrodilla frente a la ermita de tu frente
y en las catedrales de tu pelo las puertas se abren al pecado.
Déjame rezar bajo la umbría de tus tres maderos,
quiero derramar sobre tu altar mi santo cáliz
y quiero ser la sangre y el beso de tu estigma,
déjame ser espina herida de tu corazón, pecados.
Dame tu bendito calvario, y hazme astilla en tu cruz,
entonces concederé a mi pecho el testamento de tu piel.
Si puedes, se demonio antes que ángel sin alas de colores,
camina iracunda con cada palabra mía que alzo sobre tu oído,
escúchame susurrante por los caminos despiadados de la locura,
si, porque seré el deseo que te lleve a una muerte de banderas blancas,
serás dama de noche sin rostro que haga de mi cuerpo hábil,
el dichoso cielo tuyo.
¿Te has vestido con tus negruscas sedas?
¿Enluto la nube su color sobre tu frágil cuerpo?
Marchita el sentimiento por tu lejana palabra
en la gárgola presente del beso de tus labios y mi muerte.
¿Hacia donde llora el lamento de esas campanas?
¿Que hay del paisaje que arde en el azufre de los ojos?
¿Que fue de la luna que habitaba en la gracia?
¿Donde dejo su aroma el lirio que tiritaba a un solo paso de su suerte?
Dime, ¿me oyes?, es inútil que siga golpeando el mármol, lo se.
Un ángel caído escribe el triste epitafio de su melancolía,
vagando eterno entre pétalos de lágrimas, fragancias de la pena
¿Y debo aplaudirte la muerte que sonrojas en mi boca?
No, los violines tocan sus notas al dolor de una ajena melodía.
¿Será acaso la mía? ¿O serán las estrellas colgadas de una mirada inocua?
Un lucero se arrodilla frente a la ermita de tu frente
y en las catedrales de tu pelo las puertas se abren al pecado.
Déjame rezar bajo la umbría de tus tres maderos,
quiero derramar sobre tu altar mi santo cáliz
y quiero ser la sangre y el beso de tu estigma,
déjame ser espina herida de tu corazón, pecados.
Dame tu bendito calvario, y hazme astilla en tu cruz,
entonces concederé a mi pecho el testamento de tu piel.
Si puedes, se demonio antes que ángel sin alas de colores,
camina iracunda con cada palabra mía que alzo sobre tu oído,
escúchame susurrante por los caminos despiadados de la locura,
si, porque seré el deseo que te lleve a una muerte de banderas blancas,
serás dama de noche sin rostro que haga de mi cuerpo hábil,
el dichoso cielo tuyo.
Ricardo Martell
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