jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
a los veintitantos
leía como una aspiradora
que succionara letras
los libros desaparecían bajo mis ojos
como una sardina
entre los dientes de un gato
leía por las mañanas
uno o dos libros
a veces más
luego me emborrachaba a solas
en el desván,
o como se llamara la parte de arriba,
de la casa
de mi abuela
con quien vivía
y borracho escribía poesía
y en la madrugada me iba a la playa
prendía un fuego
y quemaba mis manuscritos
...de seguro
muchos de aquellos poemas
no eran tan malos
como los que escribo
estos días
mi abuela también era escritora
de a ratos
lo malo
es que no era borracha
creo que por eso
no conseguía escribir más que simplezas
su tema era la profunda historia
-tan profunda
que todavía nadie
ha logrado bajar hasta la profundidad
donde yace-
de aquel jodido pueblucho
donde se le escurrió la vida
mirando las nubes
pasar
por el cielo
un lugar
-el jodido pueblucho
donde nunca
pero nunca
ocurría nada
que no fuera
la marcha del tiempo
...un tiempo vacío
¡abuela -le decía- tómate unas conmigo!
¡a ver si te inspiras, y logras escribir algo!
-no, gracias
mi abuela no tenía salvación
pero ella nunca lo supo
nunca logró ver las cosas
desde la perspectiva adecuada
pero eso
le permitió
ahorrarse el gusto
de la infelicidad
su libro histórico y verdadero
donde contaría la verdad absoluta
de lo que jamás sucedió
en su amado pueblo de mierda
nunca pasó de ser más que un espejismo
en sus insomnios
unos cuantos apuntes
que no venían a cuento
de nada
ella, sin embargo,
pensaba que la historia
de aquel pueblucho
era imprescindible a nivel histórico universal
tanto como el diluvio
o la segunda guerra
imprescindible
fundamental
...porque había un río
una playa larga y ancha
algunas chozas de hojas de palma
un puente colgante sobre el río
y la gente era buena
y las palmeras se mecían al viento
y ella había pasado su infancia allí
y allí se había enamorado
y allí le rompieron el corazón...
¡mi abuela!
...más allá del río
pasando el puente colgante
había un burdelillo
nada más que un par de cuartuchos
con un camastro
y un patio con bancas
entre los árboles
los sábados se llenaba de muchachas
que bajaban de los cerros
vestidas con faldas de colores
montadas en burros
en caballitos
en carretas
ellas fueron formando mi historia
Mayra
Rogaciana
Enedina
tantas sin nombre
las noches bajo las palmeras
borrachos
impúdicos
oyendo a los grillos
y el río a unos metros
en verano llovía todas las noches
y las muchachas nunca bajaban
de los cerros
pero tú podías
si te urgían unas nalgas
pedir prestado un caballo
y cabalgar al encuentro
de la mujer amada
allá arriba
sin olvidarte
claro
de llevarle
por lo menos
un par de kilos de azúcar
o unos aretes de cobre repintado
una vez
no encontré
más que un libro de Camus
para intercambiar por sexo
y esa vez
bajé
con el libro de Camus
y los testículos me reventaban
me acuerdo
y me vuelven a doler
¡pinche Camus!
subí muchos cerros
entonces
y a veces
me quedaba unos meses
con algun gran amor
condenado al fracaso
ordeñando chivas
y lo que se pusiera enfrente
pero no lo que sergio
o gabriel, están imaginando
mientras mi abuela
allá abajo
seguía intentando
dilucidar a toda costa
aquellas leyes históricas
subyacentes a los dos o tres hechos capitales
de su triste vida
sin historia
pero nunca lo consiguió
murió unos años después
una noche de octubre
sola
en su casona
mientras yo deliraba
en el fondo de alguna cañada
entre los cerros
con escribir la gran poesía
del siguiente siglo
o alguna pendejada
por el estilo
luego yo me fui del pueblo
ya no he vuelto
no lo necesito
en realidad
el pueblo
la obstinación de mi abuela
las risas de mis amigas
la luna entre las palmeras
el río
todo eso
que se esfumó
sigue conmigo
en alguna profundidad
a la cual llego
por un camino
que
curiosamente
únicamente encuentro
a condición
de tomarme algunos tragos...
¿nos chingamos unos tequilas?
...
leía como una aspiradora
que succionara letras
los libros desaparecían bajo mis ojos
como una sardina
entre los dientes de un gato
leía por las mañanas
uno o dos libros
a veces más
luego me emborrachaba a solas
en el desván,
o como se llamara la parte de arriba,
de la casa
de mi abuela
con quien vivía
y borracho escribía poesía
y en la madrugada me iba a la playa
prendía un fuego
y quemaba mis manuscritos
...de seguro
muchos de aquellos poemas
no eran tan malos
como los que escribo
estos días
mi abuela también era escritora
de a ratos
lo malo
es que no era borracha
creo que por eso
no conseguía escribir más que simplezas
su tema era la profunda historia
-tan profunda
que todavía nadie
ha logrado bajar hasta la profundidad
donde yace-
de aquel jodido pueblucho
donde se le escurrió la vida
mirando las nubes
pasar
por el cielo
un lugar
-el jodido pueblucho
donde nunca
pero nunca
ocurría nada
que no fuera
la marcha del tiempo
...un tiempo vacío
¡abuela -le decía- tómate unas conmigo!
¡a ver si te inspiras, y logras escribir algo!
-no, gracias
mi abuela no tenía salvación
pero ella nunca lo supo
nunca logró ver las cosas
desde la perspectiva adecuada
pero eso
le permitió
ahorrarse el gusto
de la infelicidad
su libro histórico y verdadero
donde contaría la verdad absoluta
de lo que jamás sucedió
en su amado pueblo de mierda
nunca pasó de ser más que un espejismo
en sus insomnios
unos cuantos apuntes
que no venían a cuento
de nada
ella, sin embargo,
pensaba que la historia
de aquel pueblucho
era imprescindible a nivel histórico universal
tanto como el diluvio
o la segunda guerra
imprescindible
fundamental
...porque había un río
una playa larga y ancha
algunas chozas de hojas de palma
un puente colgante sobre el río
y la gente era buena
y las palmeras se mecían al viento
y ella había pasado su infancia allí
y allí se había enamorado
y allí le rompieron el corazón...
¡mi abuela!
...más allá del río
pasando el puente colgante
había un burdelillo
nada más que un par de cuartuchos
con un camastro
y un patio con bancas
entre los árboles
los sábados se llenaba de muchachas
que bajaban de los cerros
vestidas con faldas de colores
montadas en burros
en caballitos
en carretas
ellas fueron formando mi historia
Mayra
Rogaciana
Enedina
tantas sin nombre
las noches bajo las palmeras
borrachos
impúdicos
oyendo a los grillos
y el río a unos metros
en verano llovía todas las noches
y las muchachas nunca bajaban
de los cerros
pero tú podías
si te urgían unas nalgas
pedir prestado un caballo
y cabalgar al encuentro
de la mujer amada
allá arriba
sin olvidarte
claro
de llevarle
por lo menos
un par de kilos de azúcar
o unos aretes de cobre repintado
una vez
no encontré
más que un libro de Camus
para intercambiar por sexo
y esa vez
bajé
con el libro de Camus
y los testículos me reventaban
me acuerdo
y me vuelven a doler
¡pinche Camus!
subí muchos cerros
entonces
y a veces
me quedaba unos meses
con algun gran amor
condenado al fracaso
ordeñando chivas
y lo que se pusiera enfrente
pero no lo que sergio
o gabriel, están imaginando
mientras mi abuela
allá abajo
seguía intentando
dilucidar a toda costa
aquellas leyes históricas
subyacentes a los dos o tres hechos capitales
de su triste vida
sin historia
pero nunca lo consiguió
murió unos años después
una noche de octubre
sola
en su casona
mientras yo deliraba
en el fondo de alguna cañada
entre los cerros
con escribir la gran poesía
del siguiente siglo
o alguna pendejada
por el estilo
luego yo me fui del pueblo
ya no he vuelto
no lo necesito
en realidad
el pueblo
la obstinación de mi abuela
las risas de mis amigas
la luna entre las palmeras
el río
todo eso
que se esfumó
sigue conmigo
en alguna profundidad
a la cual llego
por un camino
que
curiosamente
únicamente encuentro
a condición
de tomarme algunos tragos...
¿nos chingamos unos tequilas?
...