Lírico.
Exp..
Meditación enferma
Cuando uno explora el tiempo
meciéndose en las curvas que iluminan
el pensamiento, un rostro,
atónito y dinámico,
en su reflejo mira nuestro asombro,
y en asombrado azogue,
tan perplejo,
reconocemos, sin saber, más tiempo.
Cuando uno emerge limpio
de tal aturdimiento en el sentido
por cuanto fluye libre
y simultáneo;
desde aquel remolino permanente
que no va a ningún lado, y sin embargo,
arrastra nuestra luz
como un barranco, entonces
sólo nos queda lumbre hecha con verbo
con que afrontar el frío
de una imposible noche
para siempre.
Cuando uno afronta firme la torpeza
con que el deseo se alza
en toda su impotencia;
con que el ilusionismo minucioso
de todo cuanto brilla
y nos ahonda
en más deseo intacto, es una argucia
para quemar alegres nuestras naves,
entonces contemplamos,
fugacísima,
la terrible catadura de un silencio
que por extraño, fulge, y nos conmina
hacia un difuso cielo
de sorpresas
apenas intuidas.
Cuando uno explora el tiempo
meciéndose en las curvas que iluminan
el pensamiento, un rostro,
atónito y dinámico,
en su reflejo mira nuestro asombro,
y en asombrado azogue,
tan perplejo,
reconocemos, sin saber, más tiempo.
Cuando uno emerge limpio
de tal aturdimiento en el sentido
por cuanto fluye libre
y simultáneo;
desde aquel remolino permanente
que no va a ningún lado, y sin embargo,
arrastra nuestra luz
como un barranco, entonces
sólo nos queda lumbre hecha con verbo
con que afrontar el frío
de una imposible noche
para siempre.
Cuando uno afronta firme la torpeza
con que el deseo se alza
en toda su impotencia;
con que el ilusionismo minucioso
de todo cuanto brilla
y nos ahonda
en más deseo intacto, es una argucia
para quemar alegres nuestras naves,
entonces contemplamos,
fugacísima,
la terrible catadura de un silencio
que por extraño, fulge, y nos conmina
hacia un difuso cielo
de sorpresas
apenas intuidas.
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