MEDITACIÓN METAFÍSICA SOBRE EL CAMBIO DE LOS TIEMPOS
Antes había sido la plaza principal de la ciudad; eso fue antes del abatimiento de las formas clásicas. Ahora imperan las figuras abundantes en agudos,estridentes diedros que alejan la intimidad y los susurros. Los ocasos verdiglaucos no pueden recordar, ni siquiera a los más jóvenes y menos habituados a los conceptos abstrusos, aquellos esplendorosos brocados cárdenos de la ciudad renacentista. Sus pocos habitantes, unidos por las sombras, parecen conminar con su acuático aislamiento, el avance imparable del jinete,momentáneamente detenido por el estático homenaje del basamento; el que trae las noticias inquietantes, las que definitivamente alejarán a los pájaros y a las nubes. Antes fueron los árboles los que sucumbieron a los venenosos suspiros de la fábrica.
El ominoso jinete arrasará -esa es la orden- las espirales de las que renacerían los nuevos infinitos en los capiteles corintios. Hojas de acanto y espirales: las claves del camino nuevo, ese que se encuentra decapitado, como los pequeños inocentes sacrificados por Herodes, en el amanecer de su traza. Sólo el Poeta puede evitar la debacle, el sacrificio feroz de la poesía que imponen los nuevos sátrapas. Pero apenas le queda tiempo. Las cercanías se alejan irremisiblemente y los gallardetes van perdiendo su prestancia. Serán las chatarras arrumbadas sobre los contrafuertes y los trampantojos falaces los que serán enarbolados para reivindicar la nueva estética. Aunque todavía quedan en pie las bellas arcadas, las que guardan bajo sus bóvedas ecos de besos de los amantes y las traidoras conjuras de los generales desposeídos. Escuetas, altivas arcadas para elevar las miradas de los hombres. Allí quedaron también las músicas nobles,escritas con las gotas de lluvia que sembraban con celestes armonías los tupidos pentagramas.
El tiempo devora las clepsidras en las que nace. Los hombres siguen su silenciosa plática tratando de distraer al jinete; pero el broncíneo caballo se impacienta, cocea y lentamente, al compás de danzas ya desconocidas, va demoliendo el pedestal. Poco a poco el mármol purísimo, pero perecedero, va transformándose en leve nieve hambrienta de montañas. Algunos, los todavía no presentes pero ya entusiastas aclamadores del nuevo Tiempo, esperan en las sombras la presencia de los danzantes renovados. Los hierofantes preparan los nuevos cultos; van ensamblando, alejados de toda democracia corrosiva, el nuevo Panteón que será impuesto al esclavaje y a las cortesanas lúbricas, aquellas en las que han devenido las cariátides y las sacerdotisas de la verga de Elogábalo, allá, en los remotos templos se Siria.
Todo está preparado para la catarsis. La paz aparente pronto se crispará con los bramidos de los indigentes y el rítmico crujir de los huesos rotos. Discretamente se habrán retirado los silenciosos espectadores, dejando la plaza libre para que acampen las hordas que ya llegan, ocultas todavía por los turbios y engañosos horizontes.Todo seguirá como hasta ahora, aunque las ametralladoras sonarán más afinadas, adaptadas para las músicas de los tiempos nuevos, que serán, como ya anunció Breton, convulsos, o no serán.
Ilust.: Giorgio de Chirico.
Antes había sido la plaza principal de la ciudad; eso fue antes del abatimiento de las formas clásicas. Ahora imperan las figuras abundantes en agudos,estridentes diedros que alejan la intimidad y los susurros. Los ocasos verdiglaucos no pueden recordar, ni siquiera a los más jóvenes y menos habituados a los conceptos abstrusos, aquellos esplendorosos brocados cárdenos de la ciudad renacentista. Sus pocos habitantes, unidos por las sombras, parecen conminar con su acuático aislamiento, el avance imparable del jinete,momentáneamente detenido por el estático homenaje del basamento; el que trae las noticias inquietantes, las que definitivamente alejarán a los pájaros y a las nubes. Antes fueron los árboles los que sucumbieron a los venenosos suspiros de la fábrica.
El ominoso jinete arrasará -esa es la orden- las espirales de las que renacerían los nuevos infinitos en los capiteles corintios. Hojas de acanto y espirales: las claves del camino nuevo, ese que se encuentra decapitado, como los pequeños inocentes sacrificados por Herodes, en el amanecer de su traza. Sólo el Poeta puede evitar la debacle, el sacrificio feroz de la poesía que imponen los nuevos sátrapas. Pero apenas le queda tiempo. Las cercanías se alejan irremisiblemente y los gallardetes van perdiendo su prestancia. Serán las chatarras arrumbadas sobre los contrafuertes y los trampantojos falaces los que serán enarbolados para reivindicar la nueva estética. Aunque todavía quedan en pie las bellas arcadas, las que guardan bajo sus bóvedas ecos de besos de los amantes y las traidoras conjuras de los generales desposeídos. Escuetas, altivas arcadas para elevar las miradas de los hombres. Allí quedaron también las músicas nobles,escritas con las gotas de lluvia que sembraban con celestes armonías los tupidos pentagramas.
El tiempo devora las clepsidras en las que nace. Los hombres siguen su silenciosa plática tratando de distraer al jinete; pero el broncíneo caballo se impacienta, cocea y lentamente, al compás de danzas ya desconocidas, va demoliendo el pedestal. Poco a poco el mármol purísimo, pero perecedero, va transformándose en leve nieve hambrienta de montañas. Algunos, los todavía no presentes pero ya entusiastas aclamadores del nuevo Tiempo, esperan en las sombras la presencia de los danzantes renovados. Los hierofantes preparan los nuevos cultos; van ensamblando, alejados de toda democracia corrosiva, el nuevo Panteón que será impuesto al esclavaje y a las cortesanas lúbricas, aquellas en las que han devenido las cariátides y las sacerdotisas de la verga de Elogábalo, allá, en los remotos templos se Siria.
Todo está preparado para la catarsis. La paz aparente pronto se crispará con los bramidos de los indigentes y el rítmico crujir de los huesos rotos. Discretamente se habrán retirado los silenciosos espectadores, dejando la plaza libre para que acampen las hordas que ya llegan, ocultas todavía por los turbios y engañosos horizontes.Todo seguirá como hasta ahora, aunque las ametralladoras sonarán más afinadas, adaptadas para las músicas de los tiempos nuevos, que serán, como ya anunció Breton, convulsos, o no serán.
Ilust.: Giorgio de Chirico.
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