Yacía Medusa, con su cabellera de ponzoñosas serpientes, en la ribera del maldito río sanguíneo que desemboca en la cloaca del Infierno. Le quedaban pocos minutos de vida. Tal había sido la herida que, con espada fría, el arrogante Jasón le había traspasado el corazón, que ahora abría sus ojos de congoja hacia el nocturno cielo estrellado. Con la esperanza que la odiosa Hera bajase a tierra firme para cerrarle los párpados y llevarse su espíritu maldito hacia el reino irracional; donde los secuaces de la lujuria moran en fiesta eterna. Y así fue. La diosa se arrepintió de su falta de impune compasión y, bajo las radiaciones benignas del astro lunar, guió su esencia hacia los laberintos donde miles de substancias esperarían a Medusa. Ya transfigurada en lo que había sido antes de la maldición: una rubia muchacha de grandes ojos castaños.