rebecca zuñiga
Poeta recién llegado
No queda nada. O mejor dicho casi nada.
Quedan palabras en el aire, silencios que se llenan de polvo,
recuerdos que se extinguen entre páginas y sábanas.
Quedan espacios en los que escribimos historias que nunca llegamos a entender.
Dejamos miradas dormidas que se ríen de nosotros a cada momento,
besos que se muerden los labios y se mueren de ganas;
abrazos que se estiran y que no dejan respirar, que son fuertes y se escogen y se duermen
y se mueren y se resisten y resucitan y se resienten y palpitan.
No queda nada. O mejor dicho casi nada.
Nos quedan los instantes en que juramos amarnos, en los que intentamos dejar de hacernos daño
-a pesar de que nos cortábamos el cuerpo, nos
marcábamos el alma-
No nos queda nada, casi nada.
Me queda el alma vacía, la mirada vacía, la sonrisa dormida.
No me queda nada, casi nada
Quedan palabras en el aire, silencios que se llenan de polvo,
recuerdos que se extinguen entre páginas y sábanas.
Quedan espacios en los que escribimos historias que nunca llegamos a entender.
Dejamos miradas dormidas que se ríen de nosotros a cada momento,
besos que se muerden los labios y se mueren de ganas;
abrazos que se estiran y que no dejan respirar, que son fuertes y se escogen y se duermen
y se mueren y se resisten y resucitan y se resienten y palpitan.
No queda nada. O mejor dicho casi nada.
Nos quedan los instantes en que juramos amarnos, en los que intentamos dejar de hacernos daño
-a pesar de que nos cortábamos el cuerpo, nos
marcábamos el alma-
No nos queda nada, casi nada.
Me queda el alma vacía, la mirada vacía, la sonrisa dormida.
No me queda nada, casi nada