Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un azul pertinaz de cielo escuálido
con su rastro de llanto en las mejillas,
me desmenuza el alma en nubecillas,
que desvaído sol, orea menguado.
Y me entristecen, en súbito gemirse,
desde el enhiesto juncal de la rivera:
el ave acuática y la rana plañidera,
en su congoja quizá, de tan felices.
Y más triste, más triste me lastima,
el leve arrullo confortado en el ocaso,
de la torcaza, su amor acurrucando
entre las ramas, sin mi melancolía.
Y más quebranto aun, es estar solo
y acometido por intrínseco sentir
dilucidando que tu humano devenir,
jamás descifrará mi anhelo ignoto.
Pero de pronto, con júbilo y sosiego
de tus caricias, mi pena se resarce:
¡Por fin!, tu arribo emancipó la tarde
cuyo esplendor hirió mi desconsuelo.
con su rastro de llanto en las mejillas,
me desmenuza el alma en nubecillas,
que desvaído sol, orea menguado.
Y me entristecen, en súbito gemirse,
desde el enhiesto juncal de la rivera:
el ave acuática y la rana plañidera,
en su congoja quizá, de tan felices.
Y más triste, más triste me lastima,
el leve arrullo confortado en el ocaso,
de la torcaza, su amor acurrucando
entre las ramas, sin mi melancolía.
Y más quebranto aun, es estar solo
y acometido por intrínseco sentir
dilucidando que tu humano devenir,
jamás descifrará mi anhelo ignoto.
Pero de pronto, con júbilo y sosiego
de tus caricias, mi pena se resarce:
¡Por fin!, tu arribo emancipó la tarde
cuyo esplendor hirió mi desconsuelo.
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